¿Qué más podemos hacer?

Por una táctica-plan para la reconstitución del Partido Comunista.

Unión Proletaria

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ÍNDICE:

Primero, educar a la vanguardia de la clase obrera en el espíritu revolucionario del marxismo-leninismo

  1. Determinar el objetivo principal
  2. Deslindar con los falsos amigos
  3. Priorizar la creación del aparato de propaganda

Segundo, educar a la vanguardia proletaria en el espíritu de conquistar la dirección de la mayoría de las masas obreras

  1. No puede haber revolución sin las masas
  2. Tendencia favorable y correlación de fuerzas desfavorable
  3. Importancia de la agitación
  4. Las masas necesitan comprobar el programa revolucionario por experiencia propia
  5. Atender las inquietudes particulares de las masas

Elaborar, debatir y aplicar una línea política completa para reconstituir el Partido Comunista

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Es una pregunta que nos martillea la conciencia ante la masacre de palestinos en Gaza, todavía más bestial que las anteriores. Son 70 años de usurpaciones de tierras por los colonos sionistas armados y reforzados las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI); asesinatos; encarcelamiento incluso de niños; apartheid; exilio; bombardeos; genocidio, a fin de cuentas. El pueblo palestino tiene a favor el derecho internacional y las resoluciones de la ONU, pero tiene en contra todo el poderío económico y militar de los imperialistas estadounidenses y de sus socios menores europeos, también españoles. Pero poderío no significa omnipotencia, y menos aún para siempre.

La grandeza del pueblo palestino es que su sufrimiento lo convierte en una fuerza cada vez más organizada para resistir y torcer el brazo de sus verdugos. A la derrota que infligió a las FDI el 7 de octubre, se suma ahora la de cientos de soldados, oficiales y material bélico de los invasores de Gaza. En venganza, los sionistas se ensañan con los civiles desarmados, casi la mitad niños. Netanyahu, el presidente ultraderechista de Israel, pretende justificar sus crímenes de lesa humanidad con la Biblia[1] y con los precedentes históricos de genocidio que dieron nacimiento a grandes naciones, como los Estados Unidos de América y otros países colonialistas.

Ya le gustaría volver a los “buenos viejos tiempos” sin que el resto del mundo se enterara de sus fechorías, sin que sus fechorías despertaran al resto del mundo y pusieran en peligro el sistema imperialista. Pero, para su desgracia, los tiempos han cambiado. Si el desarrollo del capitalismo ha acabado con el aislamiento de los pueblos, la Gran Revolución Socialista de Octubre de 1917 en Rusia y su apoteósica victoria sobre el fascismo en 1945 les ha abierto una perspectiva de liberación[2].

Aunque la primera obra de aquella revolución, la Unión Soviética, ha sucumbido momentáneamente, ha dado poderosos frutos que hacen indestructible el proceso iniciado por ella: la dominación de la minoría explotadora ya no puede sostenerse sin una apariencia engañosa de democracia; y el recurso abusivo a la arrogancia y a la fuerza únicamente conduce a abreviar su agonía.

Es algo que salta a la vista a escala mundial, donde el ejército norteamericano sólo ha conseguido imponerse a enemigos muy debilitados y aislados, y por poco tiempo: Yugoslavia, Irak, Libia. En cambio, fue derrotado en Corea, en Cuba, en Indochina, en Siria e incluso en Afganistán[3].

El capitalismo angloamericano creó el enclave sionista de Israel para controlar una región que produce la tercera parte del petróleo mundial, y así monopolizar esta materia prima estratégica, abaratar su coste y enriquecerse a costa de sus productores[4]. De ahí su interés vital en sostenerlo, aun a costa de desviar recursos que iban destinados al otro enclave que ha instalado en Ucrania para desgastar y someter a Rusia.  Sin embargo, hasta el presente, no sólo no ha debilitado a ésta, sino que ha sido incapaz de destruir un pueblo sin Estado como es el palestino, cuya resistencia se ha fortalecido, mientras las crecientes contradicciones del propio Estado confesional y racista de Israel ponen en peligro su existencia. El mérito de esta gesta liberadora corresponde principalmente a los palestinos y, en segundo lugar, a la solidaridad de la clase obrera, de los pueblos oprimidos y de los Estados antiimperialistas que abarcan a la mayoría de la humanidad. Estos aliados les proporcionan ayuda material, financiera, moral y militar, al tiempo que los frentes abiertos en Siria, Yemen, Irán, Rusia, Cuba, Venezuela, Nicaragua, China, los BRICS, etc., debilitan al imperialismo y, por lo mismo, a su cabeza de puente israelí. Poco a poco, los cimientos de la dominación capitalista occidental que empezó hace 500 años se agrietan como consecuencia de sus contradicciones internas y de las resistencias externas. Poco a poco, se forja el frente internacional contra ella, por encima de las contradicciones entre sus componentes.

El tiempo trabaja a favor del pueblo palestino y de todos los dominados, los oprimidos, los explotados del mundo. Sin embargo, lo hace a un ritmo más lento del deseado, mientras crece el riesgo de aniquilación termonuclear. Por estos motivos, no son suficientes las luchas de los pueblos oprimidos y nuestras manifestaciones de solidaridad moral (y a veces material, como donativos, boicots, bloqueos al envío de armas, etc.) con ellas. Además, hay que reactivar la lucha de clase del proletariado en la guarida de la bestia imperialista, dirigida: 1º) a derrocar el poder burgués y 2º), mientras no consigamos reunir fuerzas suficientes, a descomponerlo y a distraer la agresividad que ahora descarga contra Palestina y los demás pueblos oprimidos que luchan por sacudirse las cadenas.

Aquí es donde entramos en juego los comunistas de los países opresores: puesto que se trata de movilizar a la clase obrera a la cabeza del pueblo para disputarle el poder político a la burguesía imperialista, lo que se necesita es un partido político revolucionario, y no únicamente frentes parciales y temporales de fuerzas estratégicamente divergentes. Más exactamente, lo que necesitamos es un partido político capaz de dirigir a estas fuerzas heterogéneas hacia la revolución socialista. ¿Tenemos ese Partido Comunista? No cabe duda de que tenemos organizaciones comunistas más o menos consecuentes. Pero si, como hemos dicho muchas veces, el partido comunista que merece tal nombre es el que une el socialismo científico con el movimiento obrero, tampoco hay duda de que tal partido está todavía por construir (o por reconstruir, porque sí lo hubo) y que, para conseguirlo, habrá que orientar en este sentido la relación entre las organizaciones existentes. En definitiva, necesitamos dejar de ir a la zaga de los acontecimientos como pollos sin cabeza y, en lugar de ello, acordar y ejecutar una línea política -o, como la llamó Lenin en los albores del bolchevismo, una “táctica-plan”- para poder reconstituir el Partido Comunista.

Por tanto, ¿podemos hacer más? Claro que sí, sobre todo cuando adoptamos una visión estratégica -internacional y para el largo plazo-, por razones todavía más claras que cuando Lenin esbozó su plan: “nuestra ‘táctica-plan’ consiste en rechazar el llamamiento inmediato al asalto, en exigir que se organice ‘debidamente el asedio de la fortaleza enemiga’ o, dicho en otros términos, en exigir que todos los esfuerzos se dirijan a reunir, organizar y movilizar un ejército regular. (…) La misma revolución no se debe imaginar como un acto único (…), sino como una sucesión rápida de explosiones más o menos violentas, alternando con períodos de calma más o menos profunda. Por tanto, el contenido capital de las actividades de la organización de nuestro Partido, el centro de gravedad de estas actividades debe consistir en una labor que es posible y necesaria tanto durante el período de la explosión más violenta, como durante el de la calma más completa, a saber: en una labor de agitación política unificada en toda Rusia, que arroje luz sobre todos los aspectos de la vida y que se dirija a las grandes masas”.[5]

Veamos algunos contornos de la “táctica-plan” que la presente experiencia práctica evidencia como necesarios.

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Primero, educar a la vanguardia de la clase obrera en el espíritu revolucionario del marxismo-leninismo

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a) Determinar el objetivo principal

Los comunistas dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo y de nuestras fuerzas a sentar las bases de la organización revolucionaria del proletariado. Así, en la prioritaria solidaridad con Palestina, hacemos frente a las mentiras de los medios de comunicación sionistas, investigamos la verdad y la llevamos a conferencias, manifestaciones y concentraciones a las que acuden las personas más afectadas o sensibles; después de su celebración, ya estamos de inmediato preparando la siguiente convocatoria y acciones diversas.

Las masivas manifestaciones de solidaridad con Palestina que se están realizando son un importante logro y punto de inflexión después de que los imperialistas aprovecharan la pandemia, la guerra de Ucrania y, en España, la cuestión catalana para recomponer su hegemonía política, la cual había quedado debilitada por la crisis financiera. Con la masacre de Gaza, se ha multiplicado el número de personas que va comprendiendo la lógica de clase que liga estos acontecimientos entre sí: el enemigo principal contra el que las clases populares debemos unirnos es la burguesía imperialista de Estados Unidos y de sus aliados de la OTAN.

En nuestro país, empezamos a comprenderlo así los comunistas y demócratas que confluimos hace algo más de un año en la formación de la Coordinación Estatal contra la OTAN y las Bases yanquis. Y, a escala internacional, poco después y con una mejor definición ideológica, se constituyó la Plataforma Mundial Antiimperialista[6] que agrupa a organizaciones revolucionarias de numerosos países alrededor de tres objetivos: promover la lucha contra el imperialismo y particularmente la OTAN; combatir el revisionismo que tergiversa la teoría marxista-leninista; y contribuir al desarrollo del movimiento comunista en cada país.

Al calor de las protestas por la masacre de los gazatíes y a pesar de la represión, se está desplegando un gran trabajo teórico-propagandístico de denuncia del sionismo y sus aberraciones religiosas, nacionalistas, racistas, etc., como instrumento del imperialismo. Asimismo se aprovecha la amplia participación popular en la solidaridad con Palestina para denunciar que el imperialismo también es el responsable de la guerra en Ucrania, de la carestía de los artículos de consumo básicos, de la reducción del gasto social en beneficio del gasto militar, de la desindustrialización de nuestros países, de la espiral bélica a la que nos está arrastrando, etc.; y, en consecuencia, para reclamar la solidaridad con todos los que lo combaten: desde la resistencia palestina, hasta el Ejército de la Federación Rusa.

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b) Deslindar con los falsos amigos

Además, puesto que la izquierda reformista ha tenido una mejor posición sobre Palestina que sobre Rusia, denunciamos sus contradicciones, la confusión que genera en el pueblo y el servicio que le presta a los imperialistas (a veces, a cambio de puestos cómodos y bien retribuidos). Y la crítica no la limitamos a esa “izquierda” que busca la conciliación con los imperialistas, sino que la hacemos extensiva a la “ultraizquierda” que denigra a las mayores fuerzas que combaten a éstos, acusándolas de ser también imperialistas: inventan teorías falsamente comunistas, es decir, revisionistas, que siembran la discordia entre quienes nos oponemos al bloque de EE.UU. y que, por consiguiente, benefician a la burguesía española cuya dominación se apoya en dicho bloque.

La lucha que viene desplegando la Plataforma Mundial Antiimperialista contra la teoría de la “pirámide imperialista”, enunciada por los dirigentes del Partido Comunista de Grecia, no es ningún capricho sectario[7]. Esta teoría repite la vieja exageración de los maoístas y de los hoxhistas sobre el “socialimperialismo soviético”, que el verdadero imperialismo aprovechó para cambiar la correlación de fuerzas internacional a su favor entre los años 60 a 80 del siglo pasado. Lo que sí es sectarismo -habitual en los “izquierdistas”- es equiparar con la clase capitalista a cualquier fuerza política que no considere como inmediato el objetivo final, aunque sí desempeñe un papel revolucionario en la práctica[8].

Precisamente, la determinación correcta del objetivo principal de la clase obrera en relación con su objetivo fundamental -el socialismo- es el aspecto decisivo a la hora de construir su partido político. Esto tiene una enorme importancia en una situación de dispersión ideológica, política y organizativa como la actual, después de una gran derrota internacional originada en la parte más adelantada del movimiento proletario internacional: la URSS. Esta derrota ha dado lugar a un cuestionamiento y desconocimiento, por partes iguales, de las lecciones de la historia, a una repetición de viejos errores y a una incapacidad para responder adecuadamente a las nuevas realidades.

Mientras el imperialismo reinaba exultante sobre sus contradicciones (entre 1990 y 2008), era más probable que desbarraran hacia la escolástica los intentos de solucionar las diferencias políticas entre las organizaciones de comunistas, de reunirlas bajo el centralismo democrático e incluso de conseguir un desarrollo continuado de alguna, aprovechando sus habilidades o aciertos. Pero el actual resquebrajamiento de la dominación imperialista en el mundo -debido a la pasada crisis financiera y a la reanimación del movimiento de liberación nacional encabezado por Rusia y China- nos abre una perspectiva nueva y clarificadora a los comunistas. Y la consiguiente actividad de la Plataforma Mundial Antiimperialista añade el estímulo de una autoridad política internacional en formación que, al reunir a partidos comunistas clarividentes, experimentados y combativos de otros países, puede ayudarnos a despejar de obstáculos el camino a la reconstitución del Partido Comunista en el nuestro.

Después de decenios de descomposición revisionista -reformista e “izquierdista”- en el movimiento comunista, no nos queda más remedio que dedicar la mayor parte de nuestras energías a delimitar el bagaje ideológico del marxismo-leninismo hasta hoy y a luchar por que lo asuma la vanguardia del proletariado[9].

“Mientras se trate (como se trata aún ahora) de atraerse al comunismo a la vanguardia del proletariado -decía Lenin en 1920-, la propaganda debe ocupar el primer término”. Y explicaba que esta “primera tarea histórica (atraer a la vanguardia consciente del proletariado al Poder soviético y a la dictadura de la clase obrera) no podía ser resuelta sin una victoria ideológica y política completa sobre el oportunismo y el socialchovinismo, …”.[10]

En aquellos años, era el proletariado consciente quien dirigía la lucha revolucionaria contra el imperialismo, por lo que el objetivo principal coincidía en gran medida con el objetivo fundamental. Hoy, sigue siendo necesario alinear la construcción del partido proletario con el objetivo fundamental, pero es mucho más insuficiente que entonces[11]: se vuelve palabrería hueca si no se deslindan posiciones en función del objetivo principal. Y es que el proletariado no es el único actor revolucionario en la presente etapa imperialista (aunque sí el fundamental y decisivo a la postre). ¡Y, por supuesto que no lo representan los sectores del mismo cuya conciencia ha sido corrompida por la posición dominante de su nación sobre otras! También son actores revolucionarios los Estados socialistas, los pueblos oprimidos e incluso los conflictos entre los países imperialistas. No tiene nada de particular que éstos hayan tomado momentáneamente el relevo al movimiento proletario de masas desde que éste entró en crisis a partir del XX Congreso del PCUS. Indefectiblemente, la clase obrera volverá a tomar la dirección del movimiento revolucionario, pero sólo a condición de que su vanguardia no cometa la estupidez de oponerse a sus aliados objetivos y se gane prácticamente el derecho a ocupar ese puesto de mando.

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c) Priorizar la creación del aparato de propaganda

En conclusión, hay que empezar por propagar la necesidad de la revolución socialista y de la unidad de todas las fuerzas que combaten al imperialismo, como hace la Plataforma Mundial Antiimperialista y no hacen las restantes agrupaciones internacionales oportunistas, sectarias o simplemente centristas.

Aún más que en tiempos de la Iskra, el eslabón principal del que depende toda nuestra cadena de tareas es la construcción, no ya sólo de un periódico, sino de todo un complejo aparato mediático para encauzar el necesario trabajo teórico, propagandístico, agitativo y de organización: páginas web, publicaciones digitales, intervención en redes sociales, hojas volantes, revistas, periódicos, folletos, libros, editoriales, carteles, pancartas, murales, puestos de difusión, etc.

De todo esto, tenemos algo, pero hace falta más y, sobre todo, hace falta coordinar este trabajo, hasta unificar su dirección en una organización democráticamente centralizada. Seguir como estamos es una pérdida de fuerzas y de tiempo, frente a un enemigo altamente disciplinado. De ahí la propuesta de Plataforma para la Unidad Obrera que hacemos desde Unión Proletaria[12]. Si otras organizaciones comienzan a comprender y a realizar esta coordinación estratégica para la discusión y la acción conjunta, tanto mejor. Si no, nos veremos obligados a priorizar nuestro propio fortalecimiento a base de poner en evidencia los errores oportunistas, revisionistas y sectarios de quienes intenten mantener la actual dispersión ideológica, política y organizativa.

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Segundo, educar a la vanguardia proletaria en el espíritu de conquistar la dirección de la mayoría de las masas obreras

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a) No puede haber revolución sin las masas

¿Es suficiente con unificar a la vanguardia de la clase obrera contra el imperialismo y a favor del socialismo?

Desde luego que es lo principal. Sin esto, todo lo que sigue es inútil. Pero, la línea política o “táctica-plan” para reconstituir el Partido Comunista no puede servir sólo para construir una organización de partidarios de derrocar a los imperialistas, de alcanzar el socialismo y de asimilar y propagar la teoría del marxismo-leninismo. Una organización así no puede agrupar a la mayoría de la clase obrera y menos a la masa del pueblo, puesto que la ideología dominante es siempre la de la clase económicamente dominante. La clase obrera tiene la misión histórico-universal de derrocar al capitalismo y construir el socialismo, y sólo puede cumplirla si la lucha de sus masas se desarrolla bajo la dirección de su partido revolucionario que integra únicamente su minoría más avanzada teórica y prácticamente. Por lo tanto, la organización de esta minoría de vanguardia no debe considerarse un fin en sí mismo, sino un instrumento indispensable para conseguir que las amplias masas realicen la revolución socialista.

Lo principal, por supuesto, es conquistar ideológicamente a la vanguardia proletaria: “Sin ello -explica Lenin- es imposible dar ni siquiera el primer paso hacia el triunfo. Pero de esto al triunfo dista todavía bastante. Con sólo la vanguardia, es imposible triunfar. Lanzar sólo a la vanguardia a la batalla decisiva, cuando toda la clase, cuando las grandes masas no han adoptado aún una posición de apoyo directo a esta vanguardia, o al menos de neutralidad benévola con respecto a ella, que la incapacite por completo para defender al adversario, sería no sólo una estupidez, sino además un crimen”.[13]

Son las masas, y no las minorías, las que hacen la historia por medio de la lucha de clases. Tal es el criterio del revolucionarismo proletario, frente al “revolucionarismo” o “izquierdismo” pequeñoburgués[14]. Estas masas que han protagonizado los momentos decisivos de la historia consisten en una multitud de individuos, cientos de miles y hasta millones, que tienen cierta conciencia de su interés común y opuesto al de quienes las oprimen, que muestran voluntad, determinación, disposición a luchar y a sacrificarse por él y que están organizadas en una estructura más o menos adecuada a los fines convenidos. Esto las convierte en una fuerza reconocida, capaz de concertar alianzas con algunos sectores sociales intermedios y de neutralizar a otros en la lucha contra su enemigo. Un ejemplo actual de lo que significan estas masas nos lo brinda el pueblo palestino (no para conquistar inmediatamente el socialismo, pero sí para liberarse del sionismo imperialista).

En el tránsito hacia el momento álgido de la lucha de clases, esas masas se van formando a partir de un menor número de participantes y de una menor determinación combativa. Es evidente que, ahora, la mayoría de la población asalariada de nuestro país no comprende su necesidad vital de luchar contra el imperialismo y por el socialismo.

Pero, ¿puede adquirir esta disposición? La respuesta a esta pregunta es controvertida, puesto que vivimos en una sociedad que se alimenta del expolio de otros pueblos (basta con tomar nota del lugar donde se fabrican la mayor parte de los bienes materiales que consumimos y de dónde provienen sus materias primas). La historia del colonialismo y del fascismo muestra cómo los capitalistas pueden fanatizar en el chovinismo a los trabajadores para lanzarlos como carne de cañón contra otros pueblos. Pero que lo consigan o no depende, entre otros factores, del trabajo de masas de los revolucionarios. No hay aquí ninguna fatalidad y se debe combatir cualquier exageración teórica que extienda el concepto de aristocracia obrera a la mayoría del proletariado de las naciones imperialistas. Huérfana de una firme y sostenida influencia comunista desde hace décadas, es inevitable que la gran mayoría de nuestra clase se deje llevar por las ideas burguesas. Pero esto no supone que no sea una masa explotada, puesto que crea o realiza más valor del que se apropia y, por consiguiente, no vive del saqueo de otros pueblos, por mucho que éste les otorgue a nuestros capitalistas una mayor capacidad de maniobra en la lucha de clases. En resumidas cuentas, es posible convertirla en una fuerza revolucionaria y no hay razón para darla por perdida.

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b) Tendencia favorable y correlación de fuerzas desfavorable

¿Cómo debe ser entonces el trabajo de los revolucionarios? ¿Bastará con que defendamos la necesidad de la lucha contra el imperialismo y por el socialismo, y que esperemos al advenimiento de una situación revolucionaria?

Si el derrumbe del imperialismo fuera inminente, las amplias masas trabajadoras podrían darnos la razón en poco tiempo y quizás nos ahorraríamos toda una serie de fastidiosas transiciones, tácticas, compromisos, etc. No cabe duda de que el capitalismo occidental que domina el planeta experimenta un declive interno y externo, en relación con la resistencia antiimperialista del resto del mundo. Pero, a los pueblos de los países imperialistas, el declive de éstos no nos conduce inmediatamente a la revolución, sino al fascismo y a la guerra (lo que han hecho del pueblo ucraniano es lo que nos espera si no lo remediamos antes). Además, una cosa es la tendencia a un plazo más o menos largo y otra cosa es la realidad todavía presente, de la cual hay que partir para incrementar la solidaridad con Palestina y, en general, la lucha de clase del proletariado.

Aunque la correlación internacional de fuerzas esté basculando en contra de los imperialistas, todavía les otorga una amplia ventaja: el gasto militar de EE.UU. y de sus aliados sigue siendo muy superior al del resto de países juntos, alcanzando casi el 70% del total mundial[15]; en riqueza por habitante, Rusia y China ocupan sólo los puestos 51 y 71 respectivamente, por detrás de todas las potencias occidentales[16]; el 85% del comercio internacional se sigue haciendo en dólares (y el 5% en euros); más del 70% de los medios de comunicación están controlados por capital estadounidense[17]; etc.

Por ahora, la mayoría de la población en nuestro país no se muestra solidaria con los palestinos (ni con otros oprimidos). No son pocos los que sólo ven en ellos a violentos fanáticos religiosos que se merecen el castigo israelí. Otros sólo sienten lástima por las víctimas, pero ven con malos ojos a quienes hacen frente a los victimarios. Muchos permanecen confortablemente indiferentes e ignorantes de los vínculos existentes entre su propia vida y otras vidas distantes en miles de kilómetros. Y los hay que sienten alguna simpatía por Palestina, pero consideran que manifestarlo es más arriesgado que útil.

En definitiva, existe una mayoría con una percepción más o menos equivocada de la realidad. Equivocada, porque los intereses de la mayoría proletaria de la población de los países dominantes son esencialmente idénticos a los de los pueblos dominados y opuestos a los de nuestros capitalistas: cuanto más consigan éstos oprimir a los de fuera, más esclavos de ellos seremos aquí; nuestras cadenas podrán parecer más laxas y doradas en comparación con las de los “pobres del tercer mundo”, pero nuestra libertad disminuirá, tendremos que renunciar a nuestra dignidad humana a cambio de cada vez menos bienes y servicios, y enajenarnos hasta enfermar para olvidar en qué nos han convertido.

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c) Importancia de la agitación

Para poner fin a esta degradación, los comunistas debemos esforzarnos por comprender cómo transformar la conciencia de la mayoría trabajadora, cómo liberarla de su creciente alienación. Para ello, no sirve o no es suficiente la propaganda revolucionaria con la que organizamos a la minoría más avanzada.

El individuo adquiere conocimiento de la realidad a través de los fenómenos que llegan a sus sentidos y que son comprendidos según el bagaje cultural previamente adquirido, hasta que la propia práctica los ponga en tela de juicio. Esos fenómenos no coinciden enteramente con la esencia de la realidad y, a veces, son contrarios a ella (por ejemplo, parece que el salario es el precio del trabajo, tal como parece que el sol gira alrededor de la tierra). Además, esta apariencia es aprovechada por las clases dominantes para confundir y mantener sometidos a los dominados. Para remediarlo, la primera exigencia es que critiquemos las apariencias y los engaños, asegurándonos que nuestra crítica sea exacta, materialista, dialéctica, sin exageraciones paranoicas que nieguen toda veracidad a la conciencia espontánea de los obreros o que eleven al infinito la capacidad de manipulación de la burguesía. Sólo así los explotados podrán contrarrestar la influencia de ésta sobre su conciencia de la realidad. Este proceso se ve favorecido y acelerado cuando el régimen de producción entra en crisis y la situación material o económica de la mayoría se deteriora, como ocurre actualmente.

Sin embargo, este indispensable trabajo de clarificación teórica y de propaganda todavía pendiente no será suficiente para llegar, convencer y sumar a amplios sectores de la población, sin cuya participación no podrá formarse una fuerza combativa que derrote o, por lo menos, debilite al imperialismo. La ideología burguesa dominante, la vida rutinaria, los medios capitalistas de comunicación, la fuerza espiritual y material del Estado, las vacilaciones de los sectores intermedios, etc., son condiciones objetivas que obstaculizan nuestra labor.

No debemos limitarnos a criticarlas en su raíz: hay que desarrollar todas las condiciones subjetivas necesarias para sortear estos obstáculos, teniendo presente que el imperativo del partido marxista-leninista no es la interpretación teórica, sino la acción revolucionaria práctica, por tanto, de masas.

Es verdad que el progreso material y científico-técnico en manos de los capitalistas ha colocado a los obreros bajo su influencia permanente por medio de la televisión, las redes sociales y sus algoritmos intencionados, etc. Pero también es cierto que, gracias a estos medios, los revolucionarios estamos al tanto, casi en tiempo real, de todas las luchas sociales en el planeta. Éste era un serio impedimento para la lucha de clase del proletariado en el pasado:

“Una huelga secreta -observaba Lenin- es imposible para quienes participen en ella o tengan relación inmediata con ella. Pero, para las masas de obreros rusos, esa huelga puede ser (y lo es en la mayoría de los casos) ‘secreta’, porque el gobierno se preocupará de cortar toda relación con los huelguistas, se preocupará de hacer imposible toda difusión de noticias sobre la huelga. (…) nosotros, los socialistas, faltaríamos a nuestras obligaciones directas ante las masas si no supiéramos impedir que la policía haga secreta (…) cualquier huelga o manifestación”.[18]

En aquel tiempo, la difusión de la información subversiva adolecía de interrupciones territoriales o, digamos, horizontales, las cuales se remediaron con la selección de revolucionarios profesionales que viajaban de un lugar a otro y con la edición de una prensa revolucionaria de ámbito nacional. Hoy en día, también intentan cortar esta comunicación horizontal (por ejemplo, censurando las denuncias contra el sionismo y los medios rusos como RT y Sputnik), pero con escaso éxito.

Actualmente, el principal corte en la difusión de la conciencia revolucionaria es vertical, es decir, entre el estrato más elevado en conciencia y los demás miembros de la clase obrera: las explicaciones de los comunistas no llegan hasta ellos y, cuando excepcionalmente llegan, no les convencen porque son demasiado abstractas y no pueden saltar los cortafuegos anticomunistas inculcados por el aparato cultural burgués desde la más tierna infancia de los trabajadores.

De nada sirve que nos sorprendamos y que nos enfademos con aquéllos que no asumen nuestras explicaciones. Al principio de todo movimiento revolucionario, siempre es una minoría la que, en virtud de ciertas causas y casualidades, es consciente de la realidad social y de los requisitos para su transformación. El paso siguiente exige a esta minoría comprender cómo hacer conscientes también a los individuos que integran a la clase social objetivamente revolucionaria. Para ello, debe esforzarse por asimilar la concepción del mundo que lo permite: el materialismo dialéctico.

La elevación de la conciencia de las masas discurre por un camino algo diferente, a veces incluso opuesto, al de la minoría de vanguardia que ya ha asimilado el carácter antagónico de la realidad social y la necesidad de la revolución. La propaganda de las “verdades esenciales” no es suficientemente efectiva cuando se trata de amplias masas. Los revolucionarios, además, debemos dirigirnos a ellas con otras verdades menos esenciales, menos completas y más apegadas a sus evidencias y a su experiencia directa (aunque sin concesiones a sus convicciones burguesas). Veamos dos casos de cómo se trató esta contradicción en el pasado.

1º) La Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) o Primera Internacional se formó en un momento en que el movimiento obrero empezaba a reanimarse después de la derrota de la revolución y de la consiguiente depresión política que se había apoderado de las masas. Marx escribía a Engels: “Tomará cierto tiempo hasta que el reanimado movimiento se permita la antigua audacia de expresión. Será necesario ser fortiter in re, suaviter in modo [audaz en las cosas y suave en los modales].”[19] Años más tarde, Engels relataría que la AIT: “… formada con la finalidad concreta de agrupar en su seno a todo el proletariado militante de Europa y América no pudo proclamar inmediatamente los principios expuestos en el Manifiesto. La Internacional estuvo obligada a sustentar un programa bastante amplio para que pudieran aceptarlo las tradeuniones inglesas, los adeptos de Proudhon en Francia, Bélgica, Italia y España y los lassalleanos en Alemania. Marx, al escribir este programa de manera que pudiese satisfacer a todos estos partidos, confiaba enteramente en el desarrollo intelectual de la clase obrera, que debía resultar inevitablemente de la acción combinada y de la discusión mutua.”[20]

2º) Recién iniciado el siglo XX, Lenin recordaba que la experiencia previa del movimiento socialista enseñaba la necesidad de distinguir dos tipos opuestos de actividad educativa por parte de los revolucionarios: “El propagandista inculca muchas ideas a una sola persona o a un pequeño número de personas, mientras que el agitador inculca una sola idea o un pequeño número de ideas, pero, en cambio, las inculca a toda una masa de personas”.[21]

A diferencia de la tarea de ganar a la vanguardia proletaria para el comunismo, “… cuando se trata de la acción práctica de las masas, (…) no conseguiréis nada con sólo las artes de propagandista, con la repetición escueta de las verdades del comunismo ‘puro’. Y es que, en este terreno, la cuenta no se efectúa por miles, como hace en sustancia el propagandista miembro de un grupo reducido y que no dirige todavía masas, sino por millones y decenas de millones”.[22]

Así que, la vanguardia comunista no sólo debe ser consciente de su objetivo fundamental y de su objetivo principal, sino “… saber llevar a las amplias masas (hoy todavía, en su mayor parte, soñolientas, apáticas, rutinarias, inertes, adormecidas) a esta nueva posición suya, o, mejor dicho, en saber dirigir no sólo el propio partido, sino también a estas masas, en la marcha encaminada a ocupar esa nueva posición.”[23]

Necesitamos, por tanto, una organización de revolucionarios consecuentes, es decir, que hagan todo lo necesario para elevar a las masas hacia su posición. Aquí y ahora, en este punto, tenemos una grave carencia y, por tanto, un reto crucial de los comunistas revolucionarios: poner en movimiento a las amplias masas gracias a un trabajo de agitación, de propuesta de pocas ideas y consignas asumibles para estas masas en función de su nivel de conciencia. Por tanto, además de la propaganda revolucionaria y comunista, hay que proponer a las masas objetivos mucho menos definidos (por ejemplo, “paz, pan y tierra”) que los de nuestra propaganda (por ejemplo, “dictadura del proletariado y expropiación de los capitalistas”). Es cierto que serán mucho más susceptibles de manipulación por parte de la burguesía y de sus agentes reformistas. Aun así, esta agitación es imprescindible para el avance político de las masas, debido a lo cual no tenemos más remedio que aceptar el desafío.

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d) Las masas necesitan comprobar el programa revolucionario por experiencia propia

¿Por qué correr este riesgo de movilizar a las masas con ideas y consignas que el reformismo engañoso y traidor puede capitalizar (por su vinculación con la ideología, la política y los medios materiales de la burguesía)? ¿Por qué sustituir nuestro actual exceso de prudencia por un poco más de audacia? Porque las masas carentes de conciencia revolucionaria sólo pueden adquirirla si les aportamos lo que necesitan para ello, en el curso de su propia experiencia.

Así lo explicaba Lenin: “… para que realmente toda la clase, para que realmente las grandes masas de los trabajadores y de los oprimidos por el capital lleguen a ocupar esa posición [revolucionaria], la propaganda y la agitación, por sí solas, son insuficientes. Para ello se precisa la propia experiencia política de las masas. Tal es la ley fundamental de todas las grandes revoluciones…”[24]

Y Stalin remachaba: “Lo que importa no es que la vanguardia se percate de la imposibilidad de mantener el antiguo orden de cosas y de la inevitabilidad de su derrocamiento. Lo que importa es que las masas, millones de hombres, comprendan esa inevitabilidad y se muestren dispuestas a apoyar a la vanguardia. Pero las masas sólo pueden comprenderlo por experiencia propia. Dar a las masas, a millones de hombres, la posibilidad de comprender por experiencia propia que el derrocamiento del viejo Poder es inevitable, poner en juego métodos de lucha y formas de organización que permitan a las masas comprender más fácilmente, por la experiencia, lo acertado de las consignas revolucionarias esa es la tarea.”[25]

Lo que debemos “dar a las masas” o “poner en juego” empieza por la agitación que ellas puedan comprender y aceptar al objeto de elevar su conciencia y su actividad. No basta con que los revolucionarios llamemos a las masas a acudir a nuestro terreno. También tenemos que desplazarnos nosotros al suyo, al que comparten ingenuamente con los reformistas y conciliadores, porque seguirán bajo su influencia mientras no estemos nosotros también compartiendo su experiencia práctica en las manifestaciones, los sindicatos, las elecciones, etc., que ligaremos invariablemente al objetivo de la revolución socialista.

¿Cómo podemos liberar a las masas de los reformistas, cuando están bajo su influencia, cuando todavía creen en ellos como alternativa a la reacción? Si estos conciliadores con el capital no fueran más que un grupúsculo extraño a las masas obreras, como era el caso de los mencheviques rusos hasta casi principios de 1917, bastaría con criticar su teoría y su práctica. Pero cuando tienen más predicamento que los revolucionarios entre los trabajadores, como ocurre ahora, la cosa cambia. Una vez más, veamos dos ejemplos históricos.

1º) Por determinadas circunstancias, en los primeros meses que siguieron a la Revolución de Febrero de 1917, los mencheviques y eseristas obtuvieron la mayoría en los consejos (soviets) elegidos por los trabajadores. Entonces, su actitud conciliadora con el gobierno provisional burgués fue criticada por Lenin, pero no de cualquier modo, sino propugnando que todo el poder pasara a los soviets: sí, ¡a esos soviets que las masas habían puesto en manos de quienes conciliaban con la burguesía! De este modo, los bolcheviques se desmarcaban de los reformistas, pero demostrando su confianza en las masas, en su capacidad para aprender a elegir unos representantes leales a sus intereses. Así es como se convirtieron en el partido político de éstas, en el partido de la clase obrera y, por extensión, de la mayoría campesina pobre de Rusia.

2º) Algo análogo pasó en el continente europeo cuando la revolución mundial (que se había iniciado en Rusia) comenzó a refluir a principios de los años 1920. Entonces, Lenin y los bolcheviques fueron los primeros en comprender que los vínculos de los revolucionarios con las masas obreras peligraban si su relación con la socialdemocracia y sus dirigentes colaboracionistas seguía siendo exclusivamente hostil. Promovieron entonces un cambio en la táctica de la Internacional Comunista: la crítica a los reformistas debía practicarse de manera a estorbar lo menos posible la unidad de acción de los obreros por sus reivindicaciones inmediatas. Los comunistas continuaron desarrollando esta táctica de frente unido del proletariado durante dos decenios, hasta que dio sus frutos en torno al período de la Segunda Guerra Mundial: un tercio de la humanidad pasó al socialismo a través de las democracias populares. Así enmarcó Lenin este viraje político:

“Nuestra única estrategia en la actualidad -explicaba Lenin- consiste en ser más fuertes y, por ello, más inteligentes, más sensatos, más ‘oportunistas’, y debemos decírselo así a las masas. Pero después de que hayamos conquistado a las masas gracias a nuestra sensatez, aplicaremos la táctica de la ofensiva, y precisamente en el sentido más estricto de la palabra”.[26]

Esa inteligencia necesaria la explicó con el siguiente símil: “Imaginaos que un representante comunista debe penetrar en un local en el que los mandatarios de la burguesía hacen propaganda ante una reunión obrera bastante concurrida. Imaginaos, además, que la burguesía nos exige un precio alto por la entrada en dicho local. Si el precio no ha sido fijado antes, deberemos, como es natural, regatear para no recargar el presupuesto de nuestro Partido. Si pagamos demasiado caro por entrar en el local, cometeremos, sin duda, un error. Pero vale más pagar caro –por lo menos mientras no aprendamos a regatear como es debido- que renunciar a la posibilidad de hablar a unos obreros que se han encontrado hasta ahora en ‘posesión’ exclusiva, por así decirlo, de los reformistas, o sea, de los más fieles amigos de la burguesía”.[27]

Lenin delimitó así cómo debía ajustarse la crítica de los comunistas al reformismo: “Hay que dar ahora un carácter un tanto distinto a la crítica de la política de la II Internacional y de la Internacional II y ½, a saber: hay que dar a esta crítica (sobre todo en las reuniones en que participen obreros partidarios de dichas Internacionales y en octavillas y artículos dirigidos a ellos) un carácter más explicativo, con paciencia y profundidad especiales, sin espantar a esos obreros con palabras bruscas, aclarándoles las contradicciones inconciliables existentes entre las consignas aprobadas por sus representantes… y toda la política reformista”.[28]

En el momento presente, la unidad de acción con los reformistas puede parecernos más indigesta que nunca antes. La política nacional claudicante de éstos frente al capital no es nada comparada con su política internacional entusiastamente imperialista: reprueban a la resistencia palestina contra el genocida Estado de Israel hasta responsabilizar a ambos por igual; dejan tirado al pueblo saharaui; colaboran militarmente con los ucronazis asesinos de obreros del Donbass, Odessa, Járkov, etc. A pesar de estos horrores[29], la historia nos enseña que las revoluciones han tenido que contraer compromisos con criminales reaccionarios, sin lo cual no habrían podido derrotarlos[30] (por ejemplo, el frente único antijaponés de los comunistas chinos con el Kuomintang o el pacto de no agresión de la URSS con la Alemania hitleriana en 1939).

En el momento presente, empezamos a comprender que necesitamos ampliar el número de participantes en las movilizaciones de solidaridad con los palestinos: 1º) aceptando que la consigna de su convocatoria se limite a pedir un alto el fuego y la entrada de ayuda humanitaria y 2º) siempre que este compromiso no restrinja la realización de nuestra propaganda y agitación específicamente antiimperialista (¡Por la victoria de la resistencia palestina!)  y comunista (ésta brilla por su ausencia) hacia los asistentes a dichas convocatorias.

No debemos eludir la obligación táctica de este tipo de compromisos, sustituyéndola por la espera mesiánica y espontaneísta del Gran Día en que se derrumbe el capitalismo, el imperialismo o el mundo unipolar, y las grandes masas nos den la razón a los revolucionarios[31]. Sin duda, la rebelión espontánea del pueblo oprimido es un puntal de su liberación en el que debemos confiar. Sin embargo, como sostenía Lenin, no debemos limitarnos a ello, sino aproximar y fundir “en un todo, la fuerza destructora espontánea de la multitud y la fuerza destructora consciente de la organización de revolucionarios”[32]. Y una organización de revolucionarios sólo puede adquirir una fuerza destructora si consigue poner en movimiento amplias masas laboriosas.

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e) Atender las inquietudes particulares de las masas

Si queremos que el proletariado de los países imperialistas ayude a Palestina, al movimiento de liberación nacional y a los más oprimidos del planeta, los comunistas no tenemos más remedio que romper nuestro aislamiento de la mayoría de nuestra clase. Y, para ello, no podemos limitarnos a las batallas decisivas pero lejanas en miles de kilómetros de nosotros. Debemos echar raíces en la lucha por reivindicaciones que sean claras y acuciantes para la población trabajadora a la que aspiramos a educar, organizar y dirigir. Por supuesto que no se trata de limitarnos a ellas, sino de apoyar en ellas todas las demás. A medida que lo hagamos, irá confiando más en nosotros y menos en los medios burgueses. Y la parte minoritaria de estas masas que más eleve su conciencia de clase engrosará las filas de la organización de vanguardia. De ahí que la Plataforma para la Unidad Obrera propuesta por Unión Proletaria parta de la acción conjunta en pro de reivindicaciones mínimas el curso de la cual resolver nuestras diferencias políticas hacia la reconstitución del Partido Comunista.

En su primer esbozo de línea política para el partido proletario en Rusia, Lenin explicó que estas reivindicaciones son de dos tipos: económico-sindicales y político-democráticas[33]. De lo dicho anteriormente, se desprende que: 1º) la difusión de las mismas es necesaria para despertar la conciencia de los trabajadores y su voluntad de lucha; y 2º) este efecto es mucho mayor cuando los conflictos emergen en la superficie de la sociedad emplazando a las masas a tomar parte en ellos. Ahí es cuando pueden comprobar por su propia experiencia el valor del programa y de la organización del partido comunista.

Pues bien, el conflicto en el terreno económico-sindical no puede dejar de desarrollarse debido a la creciente explotación capitalista de la clase obrera (crece la carestía de los bienes de consumo básicos, la desigualdad de rentas, la precariedad de las condiciones de trabajo y de vida, etc.). Pero todavía lo hace de una manera soterrada debido a la recuperación económica tras la crisis financiera y la pandemia, a los paliativos aplicados por el gobierno reformista y al respaldo que le brindan las direcciones sindicales. Como consecuencia, el movimiento obrero está bajo mínimos e inerme. Sus jefes políticos y sindicales reformistas sólo promueven mejoras para los trabajadores con el propósito de obtener su apoyo electoral y dentro de los límites que convienen al capital, fragmentando y desmovilizando a la clase obrera. Es uno de sus mayores crímenes, junto con el respaldo al imperialismo en su agresión a otros pueblos. Históricamente, el fraude a la población trabajadora por parte de los líderes socialdemócratas, su espíritu chovinista y colonialista, y su hostilidad hacia los comunistas fueron factores determinantes para el advenimiento del chovinismo, del fascismo y de las guerras mundiales.

Hoy, precisamente, se desarrolla una ofensiva de extrema derecha que se aprovecha demagógicamente de esta traición de la “izquierda” reformista a la clase obrera, pero que va dirigida realmente contra ésta, como se constata ya en Argentina. En nuestro país, todavía se focaliza en el terreno político-democrático (no tanto en la política económica limosnera y desmovilizadora del gobierno): contra el separatismo y el derecho de las nacionalidades de España a su autodeterminación, en el espíritu del nacionalismo español filo-fascista. No son pocos los trabajadores a los que ha seducido. Y el resto de la clase obrera se ha replegado a la defensiva bajo el ala de la socialdemocracia.

En aras de la verdad, los comunistas tenemos la obligación de denunciar la responsabilidad de la falsa izquierda claudicante y traidora, pero no sin contraatacar firmemente los planteamientos de la derecha. No podemos derrotar la deriva reaccionaria que, por activa y por pasiva, engendran los partidos burgueses si no le hacemos frente, reivindicando la democracia más allá de los límites imperialistas y monárquicos que imponen a ésta los reformistas conciliadores.

Además de esta propaganda y agitación, está la cuestión de la táctica comunista hacia las masas que siguen a cada uno de los partidos involucrados en este conflicto, con vistas a fortalecer la lucha por la democracia y el socialismo. Si dirigimos todo el fuego de nuestra crítica contra los reformistas, quizás podamos ganar a unos pocos trabajadores atraídos por los argumentos reaccionarios, pero lo más probable es que nos toque combatir a los demás que forman el grueso, y no sólo con razones. Lo que aconseja el marxismo-leninismo a la luz de la experiencia histórica es promover la táctica de frente unido obrero y popular ya mencionada, dirigida a la masa de millones de trabajadores con cierta intuición de clase y con anhelos democráticos que rechaza a la derecha retrógrada (no sólo por sus dichos y actos presentes, sino por la imborrable memoria de sus orígenes fascistas). Ésta esgrime su rancia herencia -leyes, jueces, pronunciamientos, símbolos de la rebelión esclavista de 1936-39, etc.- para intentar imponer sus privilegios en contra de un resultado electoral que expresa precisamente la voluntad de esta parte considerable de la población de -al menos- no retroceder en derechos, libertades y condiciones materiales de vida. Los comunistas revolucionarios no debemos dar de lado a estas masas trabajadoras y mirar sólo hacia Palestina, sólo porque tengan unos capitanes indignos.

No debemos dejar de apoyar una amnistía que ponga fin a la persecución judicial de cientos de militantes a los que todos los comunistas hemos apoyado en su lucha por la democracia en general y el derecho de autodeterminación nacional en particular. Y debemos complementar, sin falta, este apoyo denunciando que esa amnistía quede limitada a la necesidad del PSOE y Sumar de ganar 7 votos en el parlamento, excluyendo al resto de los presos políticos democráticos. Este debate expresa una fisura en el seno de la clase dominante y pone en tela de juicio lo que había sido consensuado como incuestionable. Es lo que debemos aprovechar los comunistas para explicar por qué hay presos políticos, por qué la democracia burguesa reprime la libre expresión y organización de las clases populares, por qué sólo es realmente democrática para los capitalistas, por qué sigue siendo una forma de dictadura de la burguesía, por qué es necesaria la dictadura del proletariado para que haya democracia para los trabajadores, etc. Y así, con todo el programa mínimo de reivindicaciones democráticas bajo el régimen político burgués, cuya exigencia permitirá a las masas obreras comprobar por su propia experiencia que nuestra propaganda es veraz y que necesitan tomar el camino revolucionario socialista.

La táctica comunista de frente único ha de servir para que las masas trabajadoras opuestas a la refascistización de la sociedad presten atención a nuestro programa mínimo, lo asuman y avancen con él hacia el socialismo, superando así la dependencia engañosa de sus actuales representantes políticos. Así, demostraremos que respetamos la voluntad de las masas proletarias, confiamos en ellas y luchamos con ellas contra sus enemigos.

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Elaborar, debatir y aplicar una línea política completa para reconstituir el Partido Comunista

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Se podrá objetar que, ahora, lo principal es la solidaridad con Palestina, pero precisamente la efectividad de esta solidaridad es la que exige dejar de marchar a la zaga de los acontecimientos y de las manifestaciones espontáneas de indignación causadas por ellos. Además de participar en ellas, debemos dedicar una parte creciente de nuestra atención, de nuestro tiempo y de nuestra energía a reconstituir el Partido Comunista como unión del socialismo y el movimiento obrero. Sólo en el transcurso de la realización de esta tarea, conseguiremos elevar políticamente a las masas, a la vez que ampliar el número de las mismas, para hacer retroceder a la clase capitalista y su apoyo a Israel.

Entre la mayoría de los marxistas-leninistas del Estado español, existe un acuerdo muy amplio acerca de los objetivos programáticos. El mayor obstáculo a la unificación en un solo partido radica en la línea política a aplicar para resolver las complejas contradicciones políticas que involucran a la clase obrera (incluida la concreción del centralismo democrático dentro de la organización comunista).

Ya no debemos conformarnos con debatir cómo abordar cada nuevo hecho al que tenga que enfrentarse nuestra clase social, poniendo en evidencia los defectos de la línea o táctica de otros comunistas: hace falta también elaborar y discutir una línea política lo más completa posible, que dé respuesta concreta a cómo organizarnos y cómo trabajar entre las masas; en definitiva, una táctica-plan para reconstituir el Partido Comunista a partir de nuestra actual dispersión política y organizativa, y para que los más afines podamos dar los primeros pasos en esta dirección. El presente artículo ha intentado explicar y defender los principios que Unión Proletaria propone para esta táctica-plan.

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NOTAS:

[1] “Ahora ve y hiere a Amalec, y destruye a hombres como a mujer, a niño como a lactante, a buey y oveja, camello y asno”, Samuel 15:1. https://www.hispantv.com/noticias/palestina/574660/netanyahu-amalek-genocidio-palestinos

[2] Ya lo lamentaba anticipadamente Nietzsche, el filósofo de la burguesía más reaccionaria: “¿A quién odio más de la escoria actual? A la escoria socialista, a los apóstoles chandalas [parias de la India] que arruinan los instintos de los trabajadores, su alegría, su satisfacción, que los vuelven envidiosos y les enseñan a vengarse… La iniquidad no es la desigualdad de derechos, es la exigencia de derechos ‘iguales’…” (Friedrich Nietzsche, El Anticristo, VIII, 303; citado por György Lukács en “La destrucción de la razón. Nietzsche”, pág. 91, Editions Delga).

[3] Stalin lo había constatado tempranamente: «… la guerra en Corea ha mostrado las debilidades de América. Los ejércitos de veinticuatro países no pueden continuar la guerra en Corea por mucho tiempo aún… Los americanos ya no son capaces de llevar una guerra de gran amplitud, particularmente después de la guerra de Corea. Después de todo, su fuerza reposa en su potencia aérea y la bomba atómica… América no puede vencer a la pequeña Corea. Hay que ser firmes cuando se trata con América… Hace ya dos años, y los Estados Unidos no han podido con la pequeña Corea… Quieren dominar el mundo, y sin embargo no pueden dominar la pequeña Corea. No, los americanos no saben combatir. Después de la guerra de Corea, en particular, han perdido su capacidad de llevar una guerra de gran envergadura. Colocan todas sus esperanzas en la bomba atómica y la potencia aérea. Pero no se puede ganar una guerra con eso. Hace falta infantería, y no tienen infantería; la infantería de la que disponen es débil. Combaten a la pequeña Corea y ya hay gente que llora en los Estados Unidos. ¿Qué pasará cuando lancen una gran guerra? Puede que entonces todos lloren.» (Conversación con Zhou En-lai, agosto de 1952. Stalin and the Cold War, 1945-1953: A Cold War International History Project Documentary Reader, Washington, DC 1999, pág. 512; citado por Geoffrey Robert en “Les guerres de Staline”, pág. 487, Editions Delga)

[4] Otra causa del interés de los capitalistas por el sionismo tuvo que ver con su lucha de clase contra el proletariado en Europa y Norteamérica. En efecto, la combinación de la elevada cultura de las comunidades hebreas, la secular opresión que sufrieron por parte de los antiguos regímenes cristianos y el rápido desarrollo de la producción, de la ciencia y del materialismo durante el siglo XIX engendró una corriente masiva de jóvenes intelectuales socialistas y demócratas de origen judío que contribuyó poderosamente al progreso del movimiento obrero y del marxismo. El sionismo sirvió de Caballo de Troya de la burguesía para corromper a la juventud judía, contrarrestar su natural inclinación por la democracia y el socialismo, y sumarla a la deriva reaccionaria imperialista que esta clase ya empezaba a emprender.

[5] ¿Qué hacer?, Lenin, capítulo V c).

[6] wap21.org

[7] Véase la sección “Batalla ideológica” en la página web de la Plataforma Mundial Antiimperialista: https://wap21.org/?cat=40

[8] Marx tuvo que enfrentarse al sectarismo de Lassalle, según el cual, frente a la clase obrera, “las demás clases no forman más que una masa reaccionaria”. Y, a un importante lassalleano, le espetó: “Usted sabe por experiencia cuál es la contradicción entre el movimiento sectario y el movimiento de clase. Para la secta el sentido de su existencia y su problema de honor no es lo que tiene en común con el movimiento de clase, sino el peculiar talismán que lo distingue de él.” (Carta de Marx a Schweitzer, de 13 de octubre de 1868)

Conforme transcurre la historia del movimiento obrero, cada nueva variante de este sectarismo reivindica a los muertos que la anterior había excluido, pero sigue repudiando a los vivos: los anarquistas reivindican a los utópicos y repudian a Marx y Engels; los “comunistas de izquierda” reivindican a ambos y repudian a Lenin; los trotskistas reivindican a éste y repudian a Stalin; etc. Lo que permiten a los muertos se lo prohíben a los vivos. Por ejemplo, una representante del PCE(m-l) en la Asamblea contra la OTAN de Madrid rechazó apoyar a Rusia frente a la provocación fascista de la OTAN en Ucrania con el argumento de que “no existe imperialismo bueno”. Más allá de discutir si la Federación Rusa es imperialista o de si la política proletaria debe basarse en la moral maniquea, resulta inexplicable que esta camarada siga reivindicando a Stalin sabiendo que éste apoyó a los imperialistas angloamericanos contra los imperialistas alemanes, italianos y japoneses, durante la II Guerra Mundial. El mismo derecho que otorga a Stalin de apoyar imperialistas “buenos”, nos lo niega a los vivos. ¿No tendríamos mayor derecho a calificar este tipo de comunismo como “tanatocomunismo” (reflejo inconsciente de cómo domina el capital -que es trabajo muerto- sobre el trabajo vivo)?

[9] Representa una valiosa contribución a esta puesta a punto el artículo Sobre el estado actual y los problemas del movimiento comunista, de la camarada Joti Brar, Secretaria General del Partido Comunista de Gran Bretaña / Marxista-Leninista. A mi juicio, también hay que incorporar a nuestro acervo teórico todo lo que el PCUS y los partidos alineados con él lucharon contra el imperialismo, la socialdemocracia y el eurocomunismo, así como su crítica contra las desviaciones “izquierdistas” de los maoístas y de los hoxhistas. En este sentido, merece un reconocimiento positivo la experiencia del Partido Comunista de los Pueblos de España que ahora cumple 40 años, al igual el trabajo intelectual que se está desplegando alrededor del sector marxista-leninista del Partido Comunista de España. Sin embargo, esta asimilación debe ser crítica porque se trata de una herencia ideológica que todavía no se ha depurado de revisionismo, no ha roto cualitativamente con él, no lo ha sustituido por el espíritu revolucionario bolchevique de la literatura del período de Stalin y de la Komintern, y sigue siendo un jruschovismo atenuado (como el que imperó en la URSS del período de Brézhnev, durante el cual se incubaron las fuerzas restauradoras del capitalismo).

[10] La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, cap. X, Lenin.

[11] En Rusia, el bolchevismo tampoco se delimitó en función del objetivo final, sino del objetivo principal. Tanto los populistas como los mencheviques eran partidarios del socialismo y del comunismo. Pero los populistas (también Trotski, que era semi-populista y semi-menchevique) querían saltar por encima de la revolución democrático-burguesa y los mencheviques pretendían que el proletariado se abstuviera de luchar por dirigirla.

[12] https://www.unionproletaria.com/propuesta-de-plataforma-para-la-unidad-obrera/

[13] La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, cap. X, Lenin.

[14] Hay que entrecomillar el supuesto revolucionarismo o izquierdismo de la pequeña burguesía porque sólo lo es de palabra, mientras que su actuación irracional beneficia a la derecha contrarrevolucionaria: “¿Es que cualquier “resistencia” al imperialismo alemán ayuda a la revolución alemana?”, preguntaba Lenin al defender el compromiso de Brest-Litovsk en febrero de 1918. “Quien quiera reflexionar un poco o, al menos, recordar la historia del movimiento revolucionario en Rusia, verá con facilidad que sólo una resistencia racional a la reacción sirve a la revolución. Conocemos y hemos visto en medio siglo de movimiento revolucionario en Rusia multitud de ejemplos de resistencia inoportuna a la reacción. Nosotros, los marxistas, nos hemos enorgullecido siempre de saber determinar, teniendo en cuenta estrictamente las fuerzas de las masas y las relaciones entre las clases, la conveniencia de una u otra forma de lucha. Hemos dicho: la insurrección no es siempre oportuna; sin ciertas premisas concretas es una aventura. Hemos condenado muy a menudo, como inoportunas y nocivas desde el punto de vista de la revolución, las formas más heroicas de resistencia individual”. (Acerca de la frase revolucionaria)

[15] https://datosmacro.expansion.com/estado/gasto/defensa

[16] https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Pa%C3%ADses_por_PIB_(PPA)_per_c%C3%A1pita

[17] https://opcions.org/es/grandes-medios-comunicacion/

[18] ¿Qué hacer?, cap. IV b), Lenin.

[19] Carta de Marx a Engels, de 4 de noviembre de 1864.

[20] Prefacio de Engels a la edición inglesa de 1888 del Manifiesto del Partido Comunista.

[21] ¿Qué hacer?, cap. III, Lenin.

[22] La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, cap. X, Lenin.

[23] Íbid.

[24] Íbid.

[25] Los fundamentos del leninismo, cap. VII, Stalin.

[26] Discursos pronunciados en la reunión de las delegaciones alemana, polaca, checoslovaca, húngara e italiana al III Congreso de la Internacional Comunista (1921), Lenin.

[27] Hemos pagado demasiado caro, Lenin.

[28] Carta a G. Zinóviev de 11 de abril de 1922, Lenin.

[29] Ya advertía Lenin que el capitalismo era un “horror sin fin” y que no debíamos permitir “que sus horrores opriman el pensamiento de uno”. (Respuesta a P. Kíevski (I. Piatakov), Lenin).

[30]  Para Engels, los comunistas lo son, no porque rechazan las etapas intermedias y los compromisos, sino “porque, a través de todas las etapas intermedias y de todos los compromisos creados no por ellos, sino por la marcha del desarrollo histórico, ven claramente y persiguen constantemente su objetivo final: la supresión de las clases y la creación de un régimen social en el cual no habrá ya sitio para la propiedad privada de la tierra y de todos los medios de producción.” (F. Engels, «Programa de los comuneros blanquistas», en el periódico socialdemócrata alemán «Volksstaat», 1874, núm. 73; citado por Lenin en La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo)

[31] Véase nuestra crítica a este error demasiado extendido: https://www.unionproletaria.com/el-centro-de-gravedad-politico-principal/

[32] ¿Qué hacer?, cap. V, Lenin.

[33] Véase el folleto de Lenin “Las tareas de los socialdemócratas rusos”, de 1897: PROLOGO-A-LA-SElGUNtDA-EiDiICION-DEL-FOLLETO.pdf (prtarg.com.ar)