Reflexiones sobre el voto masivo a favor del partido ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) en el estado oriental de Sajonia-Anhalt.

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El espejismo alemán:

el voto a la AfD y la trampa soberanista

Patro Anaya

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El soberanismo es el gancho más eficaz y, a la vez, el más revelador de la trampa que la AfD (Alternativa por Alemania) tiende a la clase obrera. Su programa no se limita a cerrar fronteras: promete explícitamente restablecer relaciones comerciales con Rusia y retomar la compra de gas y petróleo barato. A los ojos del trabajador alemán angustiado por la inflación y la deslocalización industrial, esta oferta suena a sentido común puro: «paz comercial» para abaratar la calefacción y salvar los puestos de trabajo de la industria pesada. Esa es la apariencia de soberanía que la ultraderecha vende como un bálsamo frente a las sanciones impulsadas por la Unión Europea y la OTAN.

Sin embargo, desmontar esa apariencia es clave para la conciencia de clase. La AfD no propone esa alianza energética con Moscú por un genuino espíritu antiimperialista o pacifista, sino por una lógica puramente competitiva entre imperialistas.

Parte de la burguesía alemana quiere sangre (energética) barata para relanzar su maquinaria exportadora y disputar el liderazgo industrial a Estados Unidos y China. Al promover el acercamiento a Rusia, la ultraderecha no busca la paz ni la soberanía popular, sino rearmar a la burguesía germana para que juegue su propia partida en el tablero multipolar, sin someterse pasivamente a los dictados de Washington. Es, en esencia, un soberanismo para la guerra económica, que utiliza el discurso del «interés nacional» para atraer a los trabajadores perjudicados por la globalización neoliberal.

Hoy, la contradicción principal que atraviesa el sistema mundial se sitúa nítidamente entre el imperialismo depredador y la soberanía efectiva de los pueblos. Sin embargo, para que este soberanismo no degenere en chovinismo, debemos mantener firme la perspectiva estratégica: el imperialismo no se reforma ni se domestica desde las cúpulas; solo puede ser realmente vencido mediante revoluciones populares que tengan al proletariado socialista como sujeto político dirigente.

Este diagnóstico se vuelve especialmente lúcido al observar los resultados de los recientes procesos electorales en los países de dominación imperialista. Es comprensible, desde un punto de vista sociológico, que amplias capas de la clase obrera, golpeadas por la precariedad y la pérdida de derechos, se sientan atraídas por la demagogia soberanista que esgrime la ultraderecha neofascista. No obstante, esta atracción no es más que un espejismo tóxico. Lejos de devolver el poder al pueblo, ese discurso resulta ser un engaño calculado para disciplinar a los trabajadores aún más, moldeando su descontento para alinearlos acríticamente en el camino hacia las guerras de agresión que los imperialistas necesitan para seguir dominando y enriqueciéndose.

Este es el espejismo perfecto: los obreros votan a la AfD pensando que el gas ruso los salvará, pero lo que obtienen es un programa que, al mismo tiempo, exige el rearme militar masivo y la deportación de mano de obra extranjera. ¿El resultado objetivo? Se prepara a Alemania para ser el martillo de una confrontación directa con Rusia en las condiciones más ventajosas para la burguesía alemana, mientras el movimiento obrero queda fracturado y disciplinado por el miedo al «otro». El supuesto «gas barato» nunca beneficiará a los hogares de manera justa si el sector energético sigue en manos privadas; solo engordará los beneficios de las grandes corporaciones y financiará el complejo militar-industrial.

Lo ocurrido con la AfD evidencia así que, mientras la izquierda alemana está secuestrada por el oportunismo atlantista y europeísta, la ultraderecha le roba su discurso anticapitalista más superficial (el rechazo a la guerra de Ucrania y al precio de la energía) para vaciarlo de contenido internacionalista.

Lo ocurrido en esas urnas no es un accidente local, sino un síntoma común en la evolución de la opinión pública bajo el yugo imperialista. El oportunismo que hoy dirige el movimiento obrero, anclado en una lógica institucionalista y colaboracionista deja un vacío que la extrema derecha ocupa con facilidad mediante el chivo expiatorio de la inmigración y el patriotismo excluyente.

El camino de liberación de la clase obrera solo puede transitarse a través de su unidad antiimperialista más consecuente: internacionalista, para romper la lógica de la competencia entre explotados de distintas naciones; democrática, para organizar a las masas; progresista, para tender puentes hacia otras capas oprimidas; y socialista, porque solo la superación del modo de producción capitalista puede desactivar la maquinaria bélica imperialista. Solo desde esa coherencia estratégica podremos convertir el descontento comprensible en conciencia revolucionaria para transformar las ilusiones electorales en una victoria real.

Patro Anaya

09/092026