Educación Pública y ¿de calidad?
Miki Santamaría
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La educación pública siempre ha sido, es y habrá de ser, como otros servicios públicos (sanidad, transporte…) un elemento del programa de mínimos de cualquier organización o partido comunista, a defender y por el que luchar. Igual que para cualquier persona que se considere de izquierdas o cualquier partido de este ámbito.
Es una cuestión inamovible. Un derecho otorgado por la sangre y la lucha de innumerables comunistas de antaño, y por el miedo que tenía el poder capitalista a cualquier atisbo de revolución que asomara por el horizonte. Por eso inventaron el “Estado de Bienestar”.
El estado del bienestar es un concepto liberal, una creación de los dirigentes al servicio de la oligarquía financiera de los países de Occidente, los países más desarrollados industrialmente, al menos por aquel entonces, en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.
Se suele atribuir su primera implantación como tal a Otto von Bismarck, canciller alemán que temía los cada vez más numerosos movimientos obreros y socialistas que amenazaban a su recién creada Alemania, en la década de los 80s del siglo XIX.
Pero no es, hasta varios años después, que surge y se teoriza en torno al término anglo “Welfare State”, como contraparte al recién superado, o al menos de forma visible y directa “Warfare State”, o Estado de Guerra.
Y es en ese momento, después de que el Ejército Rojo y la URSS derroten al nacionalsocialismo alemán, el nieto de la “real politik” de Bismark, que había pasado del modelo caritativo cristiano al asistencialista-paternalista del capital, que Europa y EEUU deciden imponer el Estado de Bienestar en sus países para frenar el auge del movimiento obrero y las revoluciones sociales y políticas auspiciadas por la enorme expansión que tuvo el modelo socialista como contraparte del capitalismo y el fascismo.
Con sus más y sus menos, y según el modelo del reconocido sociólogo Gøsta Esping-Andersen en su obra más conocida, “Los Tres Mundos Del Estado del Bienestar”, donde clasifica en tres grandes grupos (modelo liberal, conservador-corporativo y socialdemócrata) el «Welfare Capitalism”, los gobiernos títeres del mercado capitalista echaron agua fría en la olla a presión social que clamaba por un mundo más justo e igualitario, calmando así a la clase trabajadora.
Entre otros, de lo que vinieron a llamar, derechos, se encuentra uno de los que más alegrías ha dado al capital: la educación pública.
Con la excusa de llevar la educación y la alfabetización a las capas populares y de formar a la clase obrera para su buena producción, utilizaron este bien básico y primordial, para sus intereses. Se vieron obligados a ceder terreno, pero el capitalismo siempre ha tenido la forma de aprovechar cualquier resquicio para colar su ideología entre las masas obreras, en esta ocasión a través de la manipulación, el engaño y la conducta.
Y si bien es un derecho conquistado que hemos aprovechado como trabajadores para crecer laboral y económicamente y mejorar nuestras condiciones de vida, no lo ha sido tanto a la hora de aprender y formarnos.
Nuestro sistema de educación se basa en memorizar, no es aprender. Se basa en explicar de forma aislada los procesos que se van sucediendo como fenómenos esporádicos, en vez de explicarlo de forma lineal, histórica e interrelacionada entre sí. Y por encima de todo, nos instruye y nos dogmatiza en base a sus ideas, creencias e intereses.
Nos enseña a ser trabajadores productivos, individualizados y cada vez más egoístas, divididos en nuestra mayor fortaleza, el número. Con la educación pública nos moldea para una vez alcanzado el mercado laboral, rematarnos con los medios de comunicación, la publicidad y las redes sociales.
La unión de lo público y lo privado toma forma en este intrincado sistema de adoctrinamiento que nos ideologiza en su favor. Nos da migas de pan en forma de microderechos, identidades y mandamientos en forma de luchas sociales vagas para que no queramos la barra de pan entera y nos conformemos con sus restos.
La trampa está en que nos conformamos con una supuesta educación pública, cuando debería de llamarse educación estatal. Nos conformamos con no pagar los conocimientos básicos de leer, escribir, sumar y restar para luego desangrarnos en los estudios superiores con la excusa de que en la privada cuesta más. Nos conformamos con pagar los libros y material escolar, el comedor y las salidas extraescolares porque al menos no pagamos una mensualidad como en los colegios privados elitistas. Nos conformamos.
Y lo hacemos porque nos educan para ello. Para dividirnos desde pequeños, para crearnos hábitos de consumo que terminan en conductas consumistas. Para que luchemos desde el sofá de casa evadiéndonos a través de X y otras redes sociales mientras nos bombardean con algoritmos que pretenden dirigir nuestros pensamientos.
No dan puntada sin hilo, y si pretendes estudiar y tener una vida algo más acomodada y pudiente a través de estudios no obligatorios, para que el tiempo libre de más que tienes al aspirar a un puesto de trabajo mayor, y el dinero extra que no tienen los simples obreros de la educación básica no los inviertas en pensar, militar o financiar ideologías contrarias, te seducen con un supuesto progresismo que solo perpetúa al poder establecido.
Te llenan la cabeza de luchas secundarias o vacías, nuevas modas de alimentación, música o vestimenta, nuevas identidades, nuevos países, nuevos sexos y géneros… Todo desde el conocimiento que crees ganar estudiando sus libros, sus directrices educativas, sus métodos de enseñanza, y por supuesto, sus condiciones de miseria para estudiantes y profesorado.
Y si levantas la cabeza y sales a protestar como maestra porque te indigna lo que hacen contigo y con el alumnado, te la golpean, te rompen la nariz de un empujón, para que cuando escarmientes porque el resto de la clase obrera está consumiendo, regalando su vida privada e información y creyéndose con la verdad y con la fórmula secreta para emprender y hacerse rica, se te quitarán las ganas de volver a protestar, por lo tuyo o por lo de los demás.
Y por si fuera poco, te dicen que eres mejor que antes, que vives mejor que tus abuelos o que sabes más que tus padres, que vives como ningún trabajador soñó vivir alguna vez, porque ahora eres clase media, y has superado los derechos y libertades que se elaboraron después de la Segunda Guerra Mundial. Gracias a la ONU, la Agenda 2030 y a sus 17 ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible) y a que vives en el Norte Global, tienes unas condiciones privilegiadas que ya quisieran los pobrecitos del Sur para poner en práctica y poder desarrollar en todo el mundo lo que ahora son “Coberturas Básicas Universales”, o beneficios sociales.
Ya no son derechos que ejercer como sujetos políticos, o que reclamar, luchar o defender. Ya no somos trabajadores, ni siquiera ciudadanos, hemos quedado relegados a clientes, usuarios, beneficiarios y consumidores de servicios.
Aunque estamos de suerte. Los derechos no han desaparecido, solo que han cambiado y son otros muy distintos. Se les conoce como Derechos de Tercera Generación, y son nuestros derechos conquistados con sangre y sudor relativos a: derechos ambientales, sostenibilidad y desarrollo sostenible, acceso digital, gobernanza climática, diversidad y derecho a la paz.
Derecho a que te dejen en paz cuando se cansen de explotarte; derecho a decidir lo que contamina y lo que no, para abrir un nuevo nicho de mercado de “cosas eléctricas” y amables con el medio ambiente, obviando el hecho de que fabricar todas esas nuevas cosas y destruir las anteriores genera más contaminación que nada de lo que había anteriormente; derecho a usar las redes sociales para no aburrirse; derecho a gobernar sobre las nubes, los vientos y las aguas, en vez de perder el tiempo en gobernar para el pueblo…
Muchos derechos nuevos para olvidar los anteriores y olvidar también lo que somos, o lo que fuimos. Porque ya no importa la conciencia de clase: somos occidentales y estamos requetebién. Ahora venden tofu y edamame en el supermercado de confianza, hay migración que nos descubre nuevos bailes y nuevos sabores, caminamos por senderos perfectamente delimitados, vivimos en casas prefabricadas de petróleo reciclado y caca compostada de elefante africano, y además debemos sentirnos felices y privilegiados.
Nos han educado durante años para pensar así. Para no mirar arriba, como en esa película de Netflix que podemos ver siempre que paguemos una cuota prácticamente vitalicia; y eso, claro, mientras no decidan retirarla porque ya la hemos consumido demasiado.
Porque ahora, por lo visto, la libertad consiste en poseer muchas cosas que realmente no poseemos. Muchas suscripciones, muchos libros electrónicos y muchas listas de “spoti”. Fabricar libros, películas o discos contamina demasiado, y además solo pueden cobrarnos una vez si nos los quedamos físicamente.
La vivienda, por supuesto, debe ser pequeña, compartida y cara, para enseñarnos el valor de las cosas. A nuestros padres y abuelos (dicen) se lo regalaron todo o lo consiguieron demasiado barato, y encima protestaban cuando les quitaban derechos. Ahora es mejor romantizar la precariedad. Y la clase media viaja constantemente para demostrar que no es clase obrera; por eso resulta más elegante vivir sin apenas posesiones, sin espacio y sin objetos que puedan heredarse. Mejor donarlo todo, reciclarlo todo o alquilarlo todo.
En la sociología actual, mientras tanto, nos enseñan a estar satisfechos con los ODS. Son los mismos para todos los países, así que basta con separar residuos en uno de los veinte contenedores distintos que tenemos delante y consumir responsablemente, porque ahora, al parecer, todos somos iguales.
Hay que defender más que nunca la educación pública antes de que también la conviertan en un derecho anticuado. Pero hay que defenderla con nombre y apellidos: pública, universal, gratuita y de calidad. Incluso hay que defender la mala educación que nos dan, porque si dejamos de hacerlo quizá terminemos perdiéndola del todo. Aunque defenderla no significa conformarse con ella. También hay que empujar en la dirección correcta: exigir, luchar, confrontar y plantarse.
Debemos aprender a aprender y aprender a enseñar. Aunque sea desde los límites de la ley; enseñando más y mejor de lo que aparece en el material oficial. Dibujando la línea que conecte el futuro colectivo de la sociedad, y de su clase trabajadora en especial, con quienes hoy todavía son estudiantes.
Y si no nos enseñan, o no les permiten hacerlo, entonces debemos saber aprender por nuestra cuenta: buscar fuentes, comparar, dudar, preguntar y aceptar la realidad, aunque duela o contradiga lo que queríamos creer. Leer, escribir y vivir para demostrar o corregir. Profundizar para entender quién manda realmente. Trabajar, sindicarse, hacer huelga y exigir, para comprender la verdad material de lo que somos y de lo que valemos para quienes gobiernan.
Porque al final no debería importarnos solo la nota de un examen o el título correspondiente, sino el conocimiento real de la sociedad en la que vivimos. Aplicar el método científico también a la vida cotidiana. No se trata de tener tiempo infinito para leer muchísimo y saber de todo, sino de asegurarnos de que aquello que creemos saber se corresponde con la realidad y con nuestras experiencias colectivas, no únicamente con nuestras percepciones individuales.



