Ponencia presentada por M. A. Villalón, en nombre de Unión Proletaria, en el coloquio internacional de la Plataforma Mundial Antiimperialista, celebrado en París en Mayo de 2025. [Publicada en el nº 24 de Platform: https://waporgan.org/].

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La tendencia al fascismo nos urge a desarrollar una fuerza proletaria independiente

M. A. Villalón (Unión Proletaria)

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Para comprender y enfrentar una guerra, Lenin decía que lo principal es dilucidar su carácter de clase, sus causas, las clases que la sostienen, las condiciones históricas e histórico-económicas que la han generado.

Las dos guerras mundiales del siglo XX y la que ahora está madurando son guerras imperialistas. Cuando el capitalismo de los monopolios ya no puede resolver su crisis económica de manera pacífica, cada uno de sus Estados tiene que recurrir a la guerra de rapiña contra el proletariado, contra los pueblos oprimidos y contra otras naciones imperialistas.

La Primera Guerra Mundial de 1914-1918 no acabó suficientemente con la sobreacumulación de capital de ninguna potencia: el imperialismo en su conjunto perdió una séptima parte de la superficie continental del planeta con la victoria del socialismo en la Unión Soviética; Francia e Inglaterra vencieron a Alemania y, a pesar de las condiciones esclavizadoras del Tratado de Versalles, ésta volvió a ponerse en pie, convirtiéndose en la segunda potencia industrial del mundo; la mayor parte del movimiento obrero quedó bajo control de la burguesía a través de la socialdemocracia, pero la fracción comunista del proletariado resistió lo suficiente para desplegar una potente lucha de clases a partir de la crisis de 1929.

La mayor parte de los capitalistas del mundo alentaron entonces el nazi-fascismo para aplastar al movimiento obrero combativo y lanzar a la Europa fascistizada contra la URSS. Pero el gobierno soviético supo maniobrar hábilmente para retrasar este propósito y oponer el Eje Berlín-Roma a los regímenes parlamentarios occidentales. Así, entre 1939 y 1941, la Segunda Guerra Mundial fue una guerra injusta entre dos contendientes igualmente imperialistas. Pero, a partir de 1941, cuando las potencias fascistas europeas invaden la Unión Soviética, el bando imperialista liberal se ve obligado a concertar una alianza con el país del socialismo y la guerra se convierte en justa, de liberación de la clase obrera y de los pueblos del mundo.

A pesar de esta “gran alianza”, el esfuerzo de guerra será preponderantemente soviético y la mayor parte de las víctimas de las atrocidades de Alemania, Italia y Japón serán soviéticas y chinas.

El propósito del fascismo alemán era destruir los soviets, aniquilar el socialismo, arrasar la forma de vida de los soviéticos. No llevaban a cabo sólo una guerra de usurpación o, incluso, de esclavización, sino de exterminio, de genocidio. Un llamamiento oficial del mando nazi al principio de la invasión, leído en cada una de las unidades hitlerianas, decía: «Descarta la compasión y piedad, mata a todo ruso, soviético. No te retengas ante un anciano, una mujer, niña o niño, mata, así te salvarás de la muerte, asegurarás el futuro de tu familia y te cubrirás de eterna gloria». Esto sólo es comparable con lo que está haciendo, hoy, Israel con el pueblo palestino: un genocidio racista planificado.

Entre 20 y 30 millones de soviéticos perdieron la vida, dos tercios de los cuales eran civiles (la proporción fue aún mayor entre la población china), lo que da una idea del propósito exterminador y reaccionario de los fascistas. En contraste, el número de víctimas en los países del Eje fue menos de un tercio del registrado en los países aliados; y la proporción de bajas militares y civiles en los países del Eje fue la inversa, lo que demuestra el propósito liberador y progresista de los Aliados, especialmente de la URSS (incluso según Wikipedia).

Es en el curso de la Gran Guerra Patria de la URSS donde las hordas fascistas fueron destruidas: 607 Divisiones del Eje, o sea, el 75 % del Ejército Nazi. Las pruebas, a pesar de la propaganda imperialista, son irrefutables. En total, los fascistas perdieron en la guerra, entre muertos, prisioneros y heridos, 13.600.000 efectivos, de los que alrededor de 10.000.000 cayeron frente al Ejército Rojo.

Desde el inicio de la agresión nazi en 1941 hasta el viraje que significó la Batalla de Stalingrado en 1943, los aliados imperialistas se mantuvieron expectantes, apoyando muy poco a la Unión Soviética. Ésta les reclamaba la apertura de un segundo frente en Europa occidental, pero hubo que esperar hasta el año 1944.

A despecho de los ideólogos occidentales, la Victoria del Ejército Rojo no se debió a una superioridad numérica de efectivos o a causas climáticas como las temperaturas bajo cero. En ambos casos, hasta mediados de 1943, las fuerzas del Eje eran más numerosas que las del Ejército Rojo y, durante el invierno de 1941, muy pocos días se bajó de los 10º bajo cero. La guerra relámpago (Blitzkrieg)  -que permitió a los nazis conquistar en 1 día Dinamarca, en 5 días Holanda, en 19 días Bélgica, en 35 días Polonia, en 44 días Francia y en 63 días Noruega- fracasó en la URSS. Y las pruebas de arrojo y destreza de los combatientes soviéticos fueron muy numerosas.

La resistencia y posterior victoria soviética se debió a que fue una guerra popular, basada en la identidad del pueblo con el socialismo que había mejorado su vida y que les daba la confianza de un futuro mejor para la humanidad. La población de la URSS se alistaba en masa en el Ejército Rojo y en el movimiento guerrillero antifascista organizado, y trabajaba duro en la retaguardia y en la construcción de fortificaciones.

Las difíciles condiciones en que se encontraron las divisiones soviéticas al comienzo de la guerra (inexperiencia en las unidades motorizadas, menor calidad de las armas, superioridad numérica del enemigo, etc.) fueron suplidas rápidamente por el ímpetu y por la certeza de que no podían retirarse, de que había que destruir cuantas más unidades enemigas, mejor.

Fue el Partido Comunista, creado por V. I. Lenin, el que condujo al pueblo soviético y a sus combatientes a la gran victoria sobre los agresores. En las décadas anteriores, este partido había llevado a los trabajadores al poder y había conseguido curar las heridas de la Primera Guerra Mundial y de la Guerra Civil con intervención de 14 países capitalistas. Había convertido al país en la segunda potencia industrial, colectivizando y mecanizando la agricultura y organizando una economía planificada de empresas estatales y cooperativas. En 1931, Stalin advirtió que la URSS tenía un retraso material de 50 a 100 años respecto de los Estados capitalistas y que debía recuperarlo en 10 años. Y lo consiguió.

Los actuales gobernantes rusos ensalzan la Rusia zarista y tergiversan el significado de la política de unidad patriótica que se aplicó durante la guerra contra la Alemania hitleriana:  dan un valor decisivo a las concesiones que el gobierno bolchevique hizo a las fuerzas atrasadas del país (clero ortodoxo, militares nacionalistas, tradiciones imperiales, etc.) y maldicen la lucha que el proletariado revolucionario sostuvo por reeducarlas, gracias a la cual pudieron cumplir un papel positivo durante la invasión nazi. También evitan mencionar la comparación que hizo Stalin entre la Rusia zarista y la URSS en cuanto al grado de preparación para una guerra mundial.

Durante los años de la conflagración, el Partido intervino como organizador e inspirador de talento, dirigiendo todos los esfuerzos del frente y de la retaguardia a la derrota del enemigo. La reorganización de todo el país de acuerdo a las exigencias de los tiempos de guerra, la formación de nuevas unidades y agrupaciones, su pertrechamiento, el desarrollo acelerado de la industria de guerra, la preparación de cuadros militares, la dirección de frentes multitudinarios y del movimiento guerrillero, el trabajo ideológico entre las masas y la política exterior estaban en el centro de atención del Partido, de su Comité Central y del Comité Estatal de Defensa.

En la confrontación con los agresores fascistas, perecieron tres millones trescientos mil comunistas. A lo largo de la Gran Guerra Patria, cinco millones de soldados, marinos, sargentos, oficiales y generales ingresaron en las filas del Partido. «Quiero ir al combate siendo comunista», escribían sabiendo que el ingreso en el Partido les proporcionaría un único privilegio: ser el primero en lanzarse a una defensa crucial o a un ataque audaz, al encuentro de una ráfaga de fuego enemigo y cumplir las misiones más difíciles, y mortalmente peligrosas. Éste es el mayor testimonio del inmenso prestigio que tenía el Partido Comunista entre las masas del pueblo soviético.

Claro que también contribuyeron a la victoria sobre el fascismo los pueblos de Asia y de Europa Occidental, con un papel destacado para sus partidos comunistas. Pero fue la URSS, su partido bolchevique y su Ejército Rojo la fuerza decisiva.

En el momento presente, el imperialismo no necesita de un ariete fascista idéntico al del pasado contra los países socialistas y el movimiento obrero, debido al debilitamiento que ha causado al movimiento comunista la estabilidad social (objetiva) y la traición revisionista (subjetiva) en los países dominantes. Asistimos, no obstante, a un auge de las ideas y las fuerzas más o menos fascistas, a la vez que las “democracias” burguesas se vuelven cada vez más restrictivas y autoritarias. Aunque todavía prevalece la colusión entre los Estados imperialistas y entre los dos partidos en que empieza a romperse la clase capitalista de cada país, va creciendo la importancia de luchar contra las políticas fascistizantes y contra las fuerzas de choque que éstas destilan. Sin embargo, no es oportuno que los comunistas propongamos una alianza a la democracia burguesa y pequeñoburguesa mientras ésta sostenga el militarismo “civilizador” de sus gobiernos de un modo más o menos entusiasta.

Actualmente, lo más conveniente es que los comunistas nos centremos en ganar a la vanguardia de la clase obrera para el combate contra el imperialismo y sus dos partidos, y para dar apoyo al campo antiimperialista en su conjunto. No se trata de descartar acuerdos y coincidencias puntuales, pero es prioritario denunciar la demagogia, tanto de la nueva derecha como de la izquierda colaboracionista.

Esta denuncia no sólo es necesaria para los comunistas de los países opresores, sino también para los de países enfrentados a éstos. Para comprender la importancia del papel del proletariado revolucionario en la resistencia antiimperialista, basta con comparar la Segunda Guerra Mundial y la Operación Militar Especial de la Federación Rusa por desmilitarizar y desnazificar Ucrania. Ucrania cayó en las garras del fascismo como lo hizo Italia y Alemania en el siglo pasado. Pero el esfuerzo de guerra de la Federación Rusa es incomparablemente menor del que tuvo que soportar la Unión Soviética: cientos de miles de combatientes y víctimas, frente a decenas de millones con armas mucho menos destructivas que las actuales (pensar que el imperialismo temerá utilizarlas es engañoso e ilusorio, puesto que necesita la guerra).

¿Rusia será capaz vencer la futura agresión directa de la OTAN? ¿Lo conseguirá bajo su actual régimen político, que está sometido al capital y que idealiza el pasado más rancio del país? Probablemente sólo lo consiga si la clase obrera rusa recupera el poder político para realizar las transformaciones socialistas más urgentes. Y difícilmente podrá hacerlo por sí sola: necesitará que el proletariado de cada país cumpla con sus obligaciones revolucionarias e internacionalistas.