La Orfandad de los trabajadores: Partido y Clase

Miki Santamaría 

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La clase obrera española atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia reciente. No solo se encuentra huérfana de un partido auténticamente revolucionario y emancipador, capaz de organizar sus intereses históricos y dotar de dirección política a su lucha, sino que también ha visto erosionarse progresivamente su conciencia de clase. Esta doble orfandad, la del Partido y la de la propia Clase, ha debilitado los vínculos de solidaridad entre los trabajadores, favoreciendo su fragmentación y alimentando un sentimiento creciente de desamparo e impotencia.

Este vacío no ha permanecido desocupado. La ideología dominante ha sabido aprovecharlo para consolidar los valores propios del capitalismo: el individualismo, la competencia entre iguales y la despolitización de los conflictos sociales. Como consecuencia, la alienación se ha profundizado y cada vez resulta más difícil que los trabajadores se reconozcan como parte de una misma clase con intereses objetivos comunes y con capacidad para transformar la realidad.

En nuestro país, existe un sinfín de organizaciones y partidos comunistas que se reivindican comunistas. Algunos centran su acción en la conquista de mejoras inmediatas para la clase trabajadora; otros desarrollan amplios programas sobre la futura construcción socialista.

Sin embargo, un partido revolucionario no es simplemente una organización que se autodenomina comunista, ni aquella que posee el programa más elaborado. Es, ante todo, una herramienta política capaz de fundirse con las masas trabajadoras, elevar su conciencia de clase, organizar sus luchas y dirigirlas estratégicamente hacia la conquista del poder político. Su legitimidad no reside únicamente en la corrección de su teoría, sino en su capacidad para convertirse en la expresión organizada de los intereses históricos del proletariado.

Los comunistas carecemos hoy de una capacidad real para dirigir las luchas nacionales de los trabajadores. Con demasiada frecuencia hemos terminado subordinando la cuestión de clase a conflictos territoriales, identitarios o sectoriales, o bien a reivindicaciones impulsadas por pequeños grupos de carácter interclasista, alejándonos así de la tarea fundamental de organizar al conjunto de la clase obrera.

Nuestra implantación en los centros de trabajo es escasa. En demasiadas ocasiones hemos sustituido la dirección política por la gestión de mejoras económicas parciales, delegando nuestra intervención en organizaciones sindicales que, por distintas razones, han ido perdiendo capacidad de movilización, independencia y fuerza para disputar el poder al capital.

A ello se suman diversos problemas estructurales presentes, en mayor o menor medida, en nuestras organizaciones. La desconexión con las masas trabajadoras, la tendencia a la fragmentación ante las discrepancias internas, la incapacidad para resolver las contradicciones mediante el debate y la frecuente creación de nuevas organizaciones como respuesta a cada desacuerdo han terminado debilitando al conjunto del movimiento comunista. El resultado es una menor capacidad organizativa, tanto hacia el exterior como en el funcionamiento interno.

Pero no basta con señalar las carencias de las organizaciones comunistas. Sería un error atribuirles toda la responsabilidad. Los propios trabajadores, individual y colectivamente, también debemos preguntarnos qué parte nos corresponde en esta situación.

¿Por qué cada vez nos cuesta más reconocernos como compañeros y como obreros? ¿Por qué competimos entre nosotros en lugar de organizarnos conjuntamente? ¿Por qué la solidaridad ha cedido terreno al individualismo? ¿Por qué nos concebimos cada vez más como espectadores de la política y menos como sujetos capaces de transformarla? ¿Por qué tendemos a identificarnos antes con nuestra profesión, nuestro nivel de vida, nuestro territorio o nuestra cultura que con nuestra condición común de trabajadores asalariados?

Son muchas las preguntas que debemos responder, pero todas parecen converger en un mismo eje vertebrador: la pérdida de la conciencia de clase.

Según Marx, la alienación separa al trabajador del producto de su trabajo, del propio acto de producir, de su condición como ser genérico y, finalmente, de los demás seres humanos. El trabajo deja así de constituir una actividad creadora mediante la cual el hombre transforma conscientemente la naturaleza y se realiza en ella para convertirse únicamente en un medio de subsistencia.

El ser humano solo puede desarrollarse con otros y mediante otros. No es un ser social únicamente porque necesite de los demás para sobrevivir, sino porque solo a través de ellos puede desarrollar plenamente su esencia.

De este modo, si el trabajador se encuentra alienado respecto al producto de su trabajo, al propio proceso productivo y, en última instancia, respecto a sí mismo, esa alienación termina reproduciéndose también en sus relaciones con los demás. La ruptura con su propia actividad vital acaba proyectándose sobre la comunidad, dificultando el reconocimiento de los otros trabajadores como iguales y como miembros de una misma clase.

Sin embargo, la alienación no se mantiene únicamente por la existencia de las relaciones materiales de explotación. Ya Gramsci desarrolló esta cuestión mediante el concepto de hegemonía, entendida como la capacidad de la clase dominante para presentar sus intereses particulares como si fueran los intereses generales de toda la sociedad. La dominación capitalista no se sostiene exclusivamente mediante la coerción del Estado o el poder económico, sino también a través de un complejo entramado de instituciones, medios de comunicación, sistema educativo, industria cultural e incluso determinadas formas de organización política y sindical que contribuyen a naturalizar el orden existente.

Bajo estas condiciones, el trabajador no solo vende diariamente su fuerza de trabajo; también interioriza categorías, valores y aspiraciones propias de la ideología dominante. El individualismo, la competencia entre trabajadores, la meritocracia o la identificación con proyectos ajenos a los intereses de clase dejan de percibirse como construcciones históricas para presentarse como formas naturales de entender la realidad.

Es precisamente en este contexto donde la concepción de Lukács sobre la conciencia de clase adquiere especial relevancia. La conciencia no surge de manera espontánea ni constituye una simple suma de experiencias individuales. Se desarrolla en la medida en que el trabajador comprende que su fuerza de trabajo ha sido convertida en una mercancía y que dicha mercancía forma parte de una relación social de explotación. Al desvelarse el funcionamiento de la producción capitalista y el origen de la plusvalía, el trabajador deja de percibir su situación como un problema exclusivamente personal para reconocerla como la expresión de una contradicción estructural entre el trabajo y el capital.

Comprender este proceso supone descubrir que aquello que el capitalismo presenta como un intercambio libre entre iguales encubre, en realidad, la apropiación sistemática del trabajo ajeno y, con ello, de una parte de la vida de quienes viven de vender su fuerza de trabajo.

Si la conciencia de clase se desarrolla a partir de la experiencia compartida del trabajo y de la comprensión de las relaciones sociales de producción, debemos preguntarnos qué ha cambiado en la estructura del trabajo durante las últimas décadas para dificultar ese proceso.

La industria ha perdido el peso que tuvo durante gran parte del siglo XX, mientras que el sector servicios concentra hoy a la inmensa mayoría de la población asalariada. Al mismo tiempo, la creciente complejidad y fragmentación del proceso productivo dificulta que el trabajador perciba el lugar que ocupa dentro de la producción social y comprenda cómo su trabajo participa en el proceso general de la producción capitalista.

En España esta transformación resulta especialmente intensa. Más de tres cuartas partes de la población ocupada desarrolla hoy su actividad en el sector servicios, muy lejos de la estructura productiva que nos caracterizó durante buena parte del siglo XX.

A esta terciarización y transformación debe añadirse un fenómeno relativamente reciente: la consolidación del capitalismo digital. La expansión de las plataformas digitales, la gestión algorítmica del trabajo, la externalización de procesos mediante aplicaciones y la creciente digitalización de la economía han introducido nuevas formas de organización laboral que intensifican la fragmentación ya existente. El trabajador conoce cada vez menos el conjunto del proceso productivo y pasa a relacionarse no solo con otros trabajadores de forma más esporádica, sino también con sistemas automatizados que organizan ritmos, tareas, horarios e incluso mecanismos de evaluación y control.

Al mismo tiempo, el capital digital tiende a invisibilizar aún más las relaciones sociales que sostienen la producción. El consumidor percibe una aplicación, una plataforma o una inteligencia artificial como si fueran sujetos autónomos de la producción, cuando detrás de ellas existe una extensa red de trabajadores dedicados al diseño, mantenimiento de infraestructuras, logística, atención al cliente, moderación de contenidos, extracción de materias primas, fabricación de componentes electrónicos o generación y tratamiento de datos.

Esta aparente desmaterialización de la economía contribuye a reforzar el fetichismo de las relaciones mercantiles descrito por Marx. La explotación no desaparece; simplemente queda oculta tras interfaces digitales, algoritmos y servicios que presentan el funcionamiento del capital como un proceso automático, neutro y carente de sujetos sociales identificables.

Esta transformación modifica profundamente la forma en que los trabajadores perciben su propia actividad y su lugar dentro de la producción social. Allí donde la gran industria concentraba durante décadas a miles de obreros en un mismo espacio productivo relativamente identificable, el capitalismo contemporáneo dispersa el trabajo entre empresas, subcontratas, plataformas digitales y cadenas globales de producción. Cada trabajador participa únicamente en una pequeña fracción del proceso total, dificultando la comprensión de cómo su trabajo se relaciona con el del resto de la clase obrera y con la totalidad de la producción social.

La organización contemporánea del trabajo favorece dinámicas que dificultan el establecimiento de vínculos duraderos entre compañeros. La proliferación de equipos cambiantes, la elevada rotación laboral, la intensificación de los ritmos de trabajo y la reducción de los tiempos de descanso limitan los espacios de socialización en los que tradicionalmente se compartían experiencias, problemas comunes y formas de organización colectiva.

La desaparición progresiva de grandes comunidades obreras estables no implica la desaparición de la clase obrera, sino la transformación de las condiciones materiales en las que esta puede reconocerse como sujeto político. La explotación continúa existiendo; lo que se ha vuelto más complejo es la posibilidad de percibirla como una experiencia colectiva.

Como ya señalaba Lenin en el ¿Qué hacer?, la lucha económica, por sí sola, no conduce espontáneamente a una conciencia política revolucionaria. Esta requiere una organización capaz de sintetizar la experiencia dispersa de los trabajadores, elevarla al plano de la comprensión teórica y convertirla en acción política consciente. Si las condiciones materiales del capitalismo contemporáneo dificultan aún más ese proceso, la necesidad del Partido no disminuye: aumenta.

Cuanto más complejas y fragmentadas se vuelven las relaciones sociales de producción, mayor resulta la dificultad para que los trabajadores construyan espontáneamente una visión de conjunto. Precisamente por ello, la función del Partido como organizador, educador y sintetizador político adquiere una importancia aún mayor que en etapas anteriores del capitalismo.

Si la conciencia de clase ya no puede desarrollarse con la relativa espontaneidad que favorecían determinadas condiciones del capitalismo industrial, la función del Partido deja de consistir únicamente en dirigir políticamente a la clase trabajadora. Debe también reconstruir los vínculos sociales, culturales e ideológicos que permitan a los trabajadores volver a reconocerse como parte de un mismo sujeto histórico.

La reconstrucción del Partido y la reconstrucción de la clase no son procesos independientes, sino dos aspectos de una misma tarea histórica. Un Partido sin clase termina convirtiéndose en una organización aislada de la realidad social; una clase sin Partido permanece fragmentada, incapaz de elevar sus luchas inmediatas al terreno de la transformación política. Superar esta doble orfandad constituye, probablemente, uno de los mayores desafíos del movimiento comunista español durante este siglo.

Mientras el capitalismo fragmenta, el Partido debe unificar. Mientras el capital dispersa la experiencia de millones de trabajadores, el comunismo solo podrá reconstruirse si es capaz de devolverles la conciencia de pertenecer a un mismo sujeto histórico.