Fundamentos del materialismo dialéctico (I)

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Publicamos estos apuntes de filosofía marxista-leninista realizados por nuestro camarada Escarpo, basados en el curso básico de materialismo dialéctico realizado por Unión Proletaria. En esta ocasión no lo publicamos en la sección de formación, que en todo caso sería un buen lugar, sino en la sección de Reconstitución del Partido Comunista. La razón es que en Unión Proletaria consideramos imprescindible que los comunistas trabajemos, tanto en la teoría como en la práctica, sobre la base de la nueva concepción del mundo, la revolucionaria, la proletaria, indudablemente la concepción del mundo marxista-leninista: el materialismo dialéctico. Y sobre esta base, que es el fundamento de la naturaleza y, dentro de ella, de las sociedades, los comunistas debemos analizar las necesidades de actualidad, las teóricas, las políticas y las prácticas, desarrollar el programa y la línea política, la línea de masas y toda la práctica revolucionaria. Y hoy, principalmente, la reconstitución del Partido Comunista en España. Por eso, os invitamos a estudiar el materialismo dialéctico, necesario y directamente relacionado con la lucha revolucionaria.

Publicamos estos fantásticos apuntes del camarada Escarpo en dos partes: la primera, con los primeros fundamentos y las tres leyes esenciales; y, la segunda, con las categorías de la dialéctica y los fundamentos de la ley del conocimiento científico marxista-leninista.

Unión Proletaria

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Filosofía Marxista-Leninista (Apuntes)

 Escarpo

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Estos apuntes son el resultado de un curso para los militantes que se dio en Unión Proletaria sobre materialismo  dialéctico.

Las fuentes de estos apuntes son principalmente, tres textos que cito a continuación y fueron  recomendados como “texto obligatorio”.

– “Manual de filosofía” de Víctor Afanasiev

– “Historia de la filosofía” (2 tomos) de M. T. Iovchuk y otros.

– “Principios elementales y fundamentales de filosofía” de G. Politzer

Afanasiev fue un filósofo soviético que además fue director del periódico Pravda. Fue conocido sobre todo por sus manuales de filosofía marxista. El objetivo que tenía en sus manuales, era presentar de forma sistemática el materialismo dialéctico y el materialismo histórico.

Miguel Trifonóvich Iovchuk fue graduado en filosofía en 1931 por la Academia de Educación Comunista. Ocupó diversos cargos en Bielorrusia y en la Universidad Estatal de Moscú. Junto a los coautores de Historia de la Filosofía: Teodoro Ilich Oizerman e Iván Yakovlevich Schipanov recibieron el encargo de ser los redactores generales de ésta nueva versión del manual oficial soviético de Historia de la Filosofía.

Georges Politzer. El famoso manual de filosofía, que tuvo la capacidad de llevar los principios del materialismo dialéctico y del materialismo histórico a la clase obrera. Politzer enseñó en la Universidad Obrera de París la filosofía marxista. Maurice Le Goas, fue un alumno de estos cursos. Le pidió a Politzer que le corrigiera unos apuntes que tenía en sus cuadernos del curso. Los encontró bien hechos. Desdichadamente no tuvo tiempo de hacer la corrección final del libro que hablamos. Sobrevino la invasión nazi de Francia y encontró la muerte heroica en la lucha contra los invasores nazis.

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Fundamentos de filosofía Marxista-Leninista

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La filosofía, su objeto y su lugar entre las demás ciencias

La filosofía marxista está llamada, no sólo a explicar el mundo de una manera rigurosamente científica, sino también a servir de instrumento técnico para transformarlo.

La palabra “filosofía” proviene del griego antiguo. Se formó de dos palabras. Phileo, que significa amor y Sophia, que quiere decir sabiduría. En sentido literal, la palabra filosofía es amor a la sabiduría.

Los éxitos de las ciencias especiales, sobre todo de las matemáticas y la mecánica, indujeron a los filósofos a estudiar los métodos que habían permitido conseguirlos con el fin de esclarecer la posibilidad de utilizarlos en la filosofía. Por ejemplo, los filósofos intentaron a menudo el método axiomático de las matemáticas para crear sistemas filosóficos. Se hicieron también tentativas de universalizar los principios de la mecánica clásica para, apoyándose en ellos, explicar no sólo los fenómenos de la naturaleza inorgánica, sino también los procesos biológicos e incluso los sociales.

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Materialismo e idealismo

Por variadas que sean las doctrinas filosóficas, todas tienen como punto de partida teórico, claramente o no, el problema de la relación entre la conciencia y la existencia, entre lo espiritual y lo material. El gran problema de todas ellas es el problema de la relación entre el pensar y el ser.

Entre los pensadores pre-marxistas destaca el filósofo materialista alemán Ludwig Feuerbach. Fue el que más se aproximó a una comprensión justa del sentido y la importancia del problema filosófico fundamental. Criticó la doctrina religiosa sobre la creación del mundo por una fuerza sobrenatural, por el espíritu, por Dios, y defendió una concepción opuesta: lo espiritual surge de lo material. Pero fue Engels quien formuló por primera vez de un modo científico consecuente  el problema supremo de la filosofía.

Si se admite como hacen los idealistas, que la conciencia y el espíritu son lo primero y determinante, será preciso buscar el origen de las calamidades sociales, que tanto hacen sufrir a los trabajadores en las sociedades divididas en clases antagónicas (sojuzgamientos, miseria, guerras etc.), en la conciencia de dos individuos, en sus equivocaciones y defectos, y no en el carácter de la vida material de los hombres, en el régimen económico de la sociedad y en su estructura de clase.

Entre las variedades del idealismo debe mencionarse en primer término, el idealismo objetivo (Platón, Hegel, etc.). Según esta forma de idealismo, lo espiritual existe fuera o independientemente de la materia, de la naturaleza, o antes de ella, como razón universal, “voluntad universal” o “espíritu universal inconsciente”, que determina todos los procesos materiales.

A diferencia del idealismo objetivo, el idealismo subjetivo (Jorge Berkeley, Ernesto Mach, Ricardo Avenarius y otros) considera que los objetos que vemos, tocamos y olemos, no existen independientemente de nuestras percepciones sensoriales.

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Dialéctica y metafísica

La historia de la filosofía no es sólo una lucha entre el materialismo y el idealismo; es también una lucha entre la dialéctica y la metafísica.

Los metafísicos consideran los objetos y fenómenos aislados entre sí, inmutables en su esencia y exentos de contradicciones internas. El modo de pensar metafísico se manifiesta en la negación de las contradicciones internas como fuerza motriz del desarrollo.

La filosofía marxista-leninista es una doctrina que argumenta los caminos a seguir para transformar el mundo por la vía revolucionaria en provecho del libre desarrollo, multilateral y armónico de la personalidad humana.

El combate entre el materialismo y el idealismo refleja a fin de cuentas la lucha de clases de la sociedad.

Lenin decía que el materialismo filosófico de Marx había mostrado al proletariado la salida de la esclavitud espiritual. A la vez la teoría de la revolución social está ligada orgánicamente al enfoque dialéctico de los fenómenos sociales y a la teoría del desarrollo. Según la cual los cambios cuantitativos graduales conducen lógicamente a cambios cualitativos en forma de saltos.

Los ideólogos de la burguesía y los revisionistas elogian el sin partidismo, defendiendo la idea de una “tercera línea” en filosofía situada según ellos  por encima del materialismo y del idealismo. Pero, ¿Es que en la sociedad dividida en clases puede haber ideólogos y pensadores situados por encima de las clases (que son antagónicas) y que hagan caso omiso a sus intereses?

La filosofía materialista de los siglos XVII y XVIII, que expresaba los intereses de la naciente burguesía, entonces progresiva de la sociedad, y combatía la concepción religiosa, idealista feudal, era partidista. Y al mismo tiempo, pese a su limitación, propiciaba el avance de las ciencias y de la sociedad en su conjunto. Pero la situación cambió radicalmente cuando la burguesía dejó de ser progresiva para transformarse en reaccionaria.

Una concepción del mundo que refleja justamente las leyes que rigen el desarrollo de los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad, defiende los intereses de las clases portadoras de progreso a la que pertenece el porvenir. En las condiciones actuales, esa concepción del mundo es el marxismo leninismo, la concepción de la clase más avanzada -el proletariado- y de su vanguardia, el Partido Comunista. Gracias al surgimiento del  materialismo dialéctico e histórico, se creó por primera vez en la historia  una concepción científico-filosófica del mundo que abarca a la naturaleza y la sociedad, y constituye la base teórica de la reorganización consciente, comunista de la sociedad.

Los ideólogos burgueses de los siglos XVII y XVIII habían presentado la supresión de las relaciones sociales feudales como la instauración del reino de la razón, de la justicia y de la igualdad, e incluso de la fraternidad entre los hombres, pero la realidad capitalista del siglo XIX refutó esas ilusiones sociales.

En Inglaterra se desplegó en los años 30 y 40 del siglo XIX el primer movimiento proletario revolucionario de masas: el cartismo. La lucha emancipadora de la clase obrera de aquellos tiempos tenía un carácter espontaneo, no organizado; le faltaba una clara conciencia de clase. Marx y Engels fueron los que vieron la necesidad de cambiar ese movimiento espontaneo con la fusión del socialismo científico mediante la organización de partidos proletarios de masas, llamados a ser los destacamentos de vanguardia y dirigentes del proletariado.

Las fuentes teóricas del marxismo son: la filosofía clásica alemana, la economía política clásica inglesa y el socialismo utópico francés.  Hablemos primero de la filosofía clásica alemana.

La filosofía marxista es la forma superior de la concepción materialista del mundo. Marx y Engels tuvieron en alta estima las conquistas del materialismo filosófico anterior a ellos; la explicación del mundo partiendo de él mismo, sin recurrir a causas sobrenaturales.

La concepción del conocimiento como reflejo del ser, el ateísmo, la tendencia a explicar la historia de la humanidad por factores naturales, etc., pero al mismo tiempo señalaban la limitación de este materialismo desde el punto de vista histórico.

En primer lugar el materialismo premarxista tenía un carácter mecanicista, sólo tenían en cuenta las leyes del movimiento mecánico. La concepción mecanicista del mundo enfilada contra la cosmovisión religiosa era progresista en los siglos XVII y XVIII cuando la mecánica había alcanzado mayor desarrollo que las demás ciencias, pero a mediados del XIX resultó ya completamente insuficiente, sobre todo para explicar los procesos biológicos, síquicos y sociales.

El materialismo premarxista era primordialmente metafísico, es decir, en el fondo consideraba inmutable la naturaleza y la sociedad. Por supuesto, en esos tiempos eran metafísicos no sólo los materialistas, sino también en su inmensa mayoría los idealistas.

El tercer defecto del viejo materialismo consistía en que circunscribiéndose a la concepción materialista de la naturaleza, no podía explicar la vida social desde un punto de vista materialista. Es cierto, que estos materialistas combatían la interpretación religiosa de la historia, demostraban que en la vida social no actuaban fuerzas sobrenaturales, sino fuerzas naturales. Sin embargo veían el origen del movimiento de la sociedad en factores espirituales, ideales, en la actividad consciente de las personalidades históricas -Reyes, gobernantes- ya que que estos existían, pero los materialistas premarxistas no veían la fuente material de esas ideas, sentimientos y pasiones; no veían la base material de la vida social.

Hegel criticó ya el carácter mecanicista y metafísico del materialismo  de los siglos XVII y XVIII. Hegel afirmaba que el materialismo era mecanicista y metafísico por naturaleza y que debido a ello, era incompatible con la dialéctica. En la lucha contra el materialismo, Hegel elaboró sobre una base idealista, la doctrina dialéctica del desarrollo. Al definir la contradicción, Hegel subrayaba que no puede ser interpretada como una anomalía. La contradicción es la acción recíproca de los contrarios. Es el principio de todo auto movimiento.

El materialismo de Feuerbach dio cima al desarrollo de la filosofía clásica alemana y trazó (es cierto que solamente en la forma más general) las vías del desarrollo ulterior del materialismo filosófico. Esto explica la influencia que ejerció su filosofía (lo mismo que la de Hegel) en Marx y Engels en el periodo de formación de sus concepciones.

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La filosofía del marxismo y los grandes descubrimientos de las ciencias naturales a mediados del siglo XIX

El desarrollo del capitalismo y el crecimiento de la gran industria estimularon el progreso de las ciencias naturales, y éstas no sólo contribuyeron a incrementar la producción, sino que además minaron la interpretación idealista y metafísica de la naturaleza.

Las conquistas más importantes de las ciencias naturales en las décadas de los años30 al 50 del siglo XIX, conquistas en las que Marx y Engels vieron la confirmación de la filosofía creada por ellos. Estas conquistas fueron: el descubrimiento  de la ley de la transformación de la energía, el descubrimiento de la estructura celular de los organismos vivos y la creación de la doctrina evolucionista: el darwinismo. Descartes introdujo en la ciencia el principio de la constancia de la cantidad de movimiento.

A comienzos de los años 40 del siglo XIX, el médico alemán Julio Mayer descubrió la ley de la conservación y transformación de energía, según la cual determinada cantidad de movimiento en una de sus formas (mecánico, térmico, etc,) se transforma en una cantidad de movimiento igual a ello en cualquier otra forma.

Por su parte Jacobo Joule y Enrique Lenz establecieron el equivalente mecánico del calor. Es decir , calcularon la cantidad de energía mecánica que proporciona  una unidad de energía térmica. Se demostró que el calor, la luz y otros estados de la materia, son formas determinadas cualitativamente de su movimiento, el cual no surge, ni se destruye, sino que se transforma sin cesar.

Los representantes del materialismo premarxista afirmaban que el movimiento no se introduce en la materia desde fuera, sino que es el modo de existencia de la materia. Al descubrirse la nueva ley, fue posible descubrir este postulado filosófico sobre la base de las ciencias naturales y comprender dialécticamente el nexo de la materia y el movimiento.

Otra conquista, no menos importante, de las ciencias naturales fue el descubrimiento de la estructura celular de los organismos vivos. Este descubrimiento llevó de lleno a la concepción materialista dialéctica de la naturaleza orgánica.

El organismo surge y se desarrolla mediante la multiplicación de las célula con la renovación ininterrumpida: nacimiento y extinción.

La teoría evolucionista de Darwin fue el tercer gran descubrimiento de las ciencias naturales a mediados del siglo XIX. Él puso fin a la idea de que las diversas especies de animales y plantas no están ligadas entre sí por nada, si no que son casuales “creados por Dios”, e invariables, y colocó por vez primera la biología teórica sobre una base científica.

Darwin, sobre la base de un inmenso material empírico formuló una serie de leyes de la formación de las especies, considerando también al hombre como el eslabón superior de la cadena general del desenvolvimiento del reino animal. Con ello asestó un golpe grande a la concepción religiosa del mundo. Estos descubrimientos proporcionaron a Marx y Engels las premisas científico-naturales necesarias para crear una filosofía consecuentemente científica: el materialismo dialéctico e histórico.

El marxismo, señaló Lenin, surgió como continuación directa e inmediata de las grandiosas conquistas del pensamiento social precedente, y la genialidad de Marx, radica en que dio solución a los problemas planteados por sus eminentes predecesores.

En 1841, siendo todavía idealista (hegeliano), Marx escribe su tesis de doctorado, y en ella proclama como su principio filosófico el ateísmo militante cuya esencia consiste, a su juicio, y en luchar contra todos los dioses terrenales y celestiales, contra toda humillación de la personalidad humana. En 1842 y 1843 comienza el paso de Marx del idealismo al materialismo, de la democracia revolucionaria al comunismo. El Estado es definido ahora por él, como un sistema político que garantiza los intereses de las clases poseedoras, hostiles, a las masas trabajadoras.

Al argumentar la tesis de la misión histórica universal socialista del proletariado, Marx llegó a la siguiente conclusión: “De la misma manera que la filosofía encuentra en el proletariado su arma material, el proletariado encuentra en la filosofía su arma “espiritual”.

En 1844 comenzó la gran amistad entre Marx y Engels. De 1844 a 1846 crearon dos grandes obras, “La sagrada familia” y “La ideología alemana”, en las que sometieron a una crítica sistemática a la filosofía idealista y elaboraron las bases del materialismo dialéctico e histórico. Lenin calificó como las primeras obras del marxismo maduro la “Miseria de la filosofía” y “El manifiesto del Partido Comunista” publicadas en 1847 y 1848 respectivamente.

Así pues, para dar solución a los problemas que plantearon, pero no pudieron resolver los filósofos del pasado, era necesario  en primer término, encontrar un justo punto de partida de la labor teórica y política. Ese punto de partida fue para Marx y Engels la lucha contra la explotación del hombre por el hombre, contra la base económica y política de la opresión y la desigualdad sociales.

Sólo tomando como punto de partida la situación, las necesidades y  los intereses de la clase más desposeída y más revolucionaria, se podría crear la concepción materialista de la historia, que revela el papel decisivo de las masas trabajadoras y de la producción material en la historia de la humanidad. Y demuestra científicamente lo inevitable del comunismo.

Es imposible en principio unir el idealismo y el materialismo, el modo de pensar dialéctico y el metafísico, pues se excluyen uno del otro. Marx y Engels reelaboraron dialécticamente la doctrina materialista de la edad moderna incluida la filosofía de Feuerbach. Reelaboraron también con un criterio materialista el método dialéctico de Hegel, que debido a su carácter idealista no servía para estudiar científicamente los procesos de la naturaleza y de la sociedad.

Lenin dijo: “El materialismo histórico de Marx es una conquista formidable del pensamiento científico”. Al caos y la arbitrariedad que hasta entonces imperaban en las concepciones relativas a la historia y la política, sucedió una teoría científica asombrosa mente completa y armónica, que muestra cómo de un tipo de vida social, se desarrolla en virtud del crecimiento de las fuerzas productivas, otra más alta. Como del feudalismo, por ejemplo, nace el capitalismo.

La filosofía, al convertirse en una concepción científica del mundo, adopta por completo las posiciones de la ciencia, que está siempre abierta para nuevas deducciones. Progresa sin cesar. Y se enriquece con nuevas tesis renunciando a las ya anticuadas.

Decía sarcásticamente Marx: “Hasta ahora los filósofos tenían en su mesa de trabajo la solución de todos los enigmas, y la gente necia y profana, no le quedaba más que abrir la boca para atrapar las “ortigas fritas” de la ciencia absoluta. Esto significa que la filosofía, por cuanto se la concibe como “ciencia absoluta”, no es en realidad una ciencia. La filosofía científica no es una revelación proclamada por un genio.

Marx y Engels acabaron con la contraposición de la filosofía a la actividad práctica del hombre en particular, al movimiento emancipador de los trabajadores. Durante muchos siglos se consideró el filosofar como una contemplación e intelección desinteresadas e imparciales de la realidad, cuyo único fin era satisfacer la necesidad de conocer por conocer.

Marx y Engels se pronunciaron desde el comienzo mismo de su actividad científica y sociopolítica contra el “sin partidismo” de los filósofos ante la realidad social: la eficacia revolucionaria, la intransigencia con todo lo caduco, el partidismo sincero y manifiesto, el riguroso carácter científico, la hostilidad al dogmatismo y a sus fórmulas anquilosadas, el planteamiento audaz de nuevos problemas, y el desarrollo creador inconciliables con las adulteraciones revisionistas de la teoría científica. Todos estos rasgos del materialismo dialéctico e histórico expresan la esencia de la revolución que significó el surgimiento del marxismo.

Los fundadores del marxismo, al crear y desarrollar su doctrina, señalaron más de una vez que nuestra  doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción. En este principio que distingue al marxismo de todas las doctrinas precedentes se basó Lenin al subrayar la necesidad de seguir desarrollando la doctrina de Marx (sin excluir la filosofía).

Marx y Engels crearon una doctrina en una época en la cual no estaba planteada directamente, a la orden del día, la transición revolucionaria del capitalismo al socialismo. Lenin desarrolló el marxismo en unas nuevas condiciones históricas al comenzar la época del hundimiento del capitalismo, que había entrado en su fase última, el imperialismo.

En una de sus primeras obras “¿Quienes son los “amigos” del `pueblo y cómo luchan contra los socialdemócratas?”, Lenin refutó la interpretación subjetivista de los fenómenos sociales por los populistas, los cuales colocaban en primer lugar del proceso histórico la actividad de los individuos que “piensan críticamente”. Mostró que la doctrina de Marx, sobre la formación socioeconómica, sobre la sustitución de los modos de producción como base del proceso histórico, no excluye el reconocimiento del papel decisivo de las masas y de las clases en la historia.

Lenin dedicó gran atención a criticar la teoría de la espontaneidad en el movimiento obrero. En el libro “¿Qué hacer?” y en otras obras, argumentó científicamente el papel de la teoría de la teoría revolucionaria, de la conciencia socialista introducida por el partido marxista en el movimiento obrero espontáneo. Sin teoría revolucionaria no hay ni puede haber movimiento obrero revolucionario. En su obra “Materialismo y empiriocriticismo”, Lenin hizo un profundo análisis de la revolución en las Ciencias Naturales iniciada a fines del siglo XIX y comienzos del XX, en particular en la física, gracias al descubrimiento de los fenómenos de la radioactividad, del electrón,  y de la estructura compleja de los átomos, considerados antes como “ladrillos del Universo” últimos e indivisibles.

Al refutar las deducciones idealistas que se hacían de los novísimos descubrimientos de la física, Lenin desarrolló la concepción materialista dialéctica de la materia, mostrando que las propiedades físicas, químicas, etc. de ésta, descubiertas por la ciencia, son características específicas de la realidad objetiva. La obra de Lenin “Cuadernos filosóficos”, que es la continuación y ampliación de las tesis básicas formuladas en su libro “Materialismo y empiriocriticismo” tienen magna importancia para el desarrollo de la filosofía marxista.

En el artículo “Sobre el significado del materialismo militante” que puede ser considerado como el testamento filosófico de Lenin, se argumenta la tarea de crear y fortalecer la alianza de los filósofos marxistas y los naturalistas, a fin de seguir desarrollando de modo creador el materialismo dialéctico y perfeccionar la metodología de las ciencias naturales.

Lenin no se limitó a defender el materialismo dialéctico e histórico en lucha contra los enemigos del marxismo, y a desarrollar en todos los aspectos la filosofía marxista. Además de eso, aplicó esta filosofía a analizar la nueva época del imperialismo, de las guerras imperialistas, de las revoluciones socialistas y de la edificación de la nueva sociedad, dando respuesta a las cuestiones planteadas por el desarrollo del capitalismo y del movimiento revolucionario mundial.

El libro de Lenin “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, y los trabajos a él vinculados internamente -acerca de la Primera Guerra Mundial, la bancarrota de la II Internacional, el problema nacional, las perspectivas de la revolución socialista y la nueva correlación de fuerzas de clase-, contienen un profundo análisis dialéctico de la nueva época y descubren las nuevas leyes y tendencias del desarrollo del capitalismo monopolista.

La filosofía marxista-leninista arranca del conocimiento de la existencia de la realidad objetiva, de la materia en eterno movimiento y desarrollo. En la filosofía materialista y en las Ciencias Naturales anteriores a Marx se formularon muchas tesis profundas acerca de la materia, que conservan su valor en el conocimiento contemporáneo. Nos referimos ante todo, a la tesis de que la materia es la base sustancial universal de todos los fenómenos, y no ha sido creada por nadie. Es indestructible, eterna en el tiempo e infinita en el espacio y tiene existencia objetiva, independiente de la conciencia. Los materialistas franceses del siglo XVIII, argumentaron la tesis de que la materia  y el movimiento son inseparables, debido a que el movimiento es un atributo importantísimo, y una forma de existencia de la materia.

La idea de la homogeneidad cualitativa de la sustancia material sirvió como base al cuadro mecanicista del mundo. Las leyes de la mecánica de Newton eran consideradas como leyes universales de la naturaleza, como principios fundamentales del ser que condicionan todas las demás leyes de la naturaleza y de la sociedad. La realidad es que los nuevos descubrimientos testimoniaban precisamente la falsedad de los principios metafísicos de la explicación del mundo. Al rebatir la concepción mecanicista, confirmaron la veracidad de la doctrina materialista dialéctica de la materia.

En la filosofía premarxista se admitía la sustancia material primaria e inmutable como un “puntal” sui géneris de los distintos objetos y de sus propiedades. El materialismo dialéctico rechaza la existencia de ese tipo de sustancia.

La división en sistemas y elementos es relativa. Todo sistema puede ser elemento de un ente aún mayor del que forma parte. De la misma manera, un elemento será un sistema, si se considera su estructura interna y sus nexos internos. Los sistemas existen objetivamente como entes íntegros ordenados: la Galaxia, los Astros, el Sistema Solar, La Tierra (como planeta), las moléculas, los Átomos etc.. Hay tipos distintos de sistemas biológicos y sociales. La cognición de la materia se realiza sólo a través del estudio de sus propiedades y de las formas concretas de su sistema de  organización.

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El movimiento y sus formas principales

Al conocer el mundo que nos rodea, vemos que en él no hay nada absolutamente inmóvil e inmutable, que todo está en movimiento y pasa de unas formas a otras. En todos los objetos materiales tiene lugar el movimiento de las partículas elementales de los átomos y las moléculas. Cada objeto se encuentra en acción recíproca con el mundo circundante, y esta interacción lleva implícito un movimiento de uno u otro tipo. Cualquier cuerpo, incluso el que se halla en reposo con relación a la tierra, se mueve juntamente con ella alrededor del Sol, y juntamente con el Sol respecto a otros astros de la Galaxia; esta última se desplaza con relación a otros sistemas estelares etc.. El equilibrio, el reposo y la inmovilidad absoluta no existen en ninguna parte.

El estudio de la dosificación de las formas fundamentales del movimiento corresponde en gran éxito a Federico Engels quien en su obra “Dialéctica de la Naturaleza”, distinguió las formas físicas, químicas, biológicas y sociales del movimiento y analizó su contenido.

Todos los órganos vivos son sistemas abiertos. Al intercambiar constantemente  energía con el medio circundante, el organismo vivo recrea sin cesar su estructura y sus funciones y las mantiene en una estabilidad relativa.

La etapa superior de desarrollo de la materia en la tierra es la sociedad humana con las formas sociales de movimiento que le son inherentes.

El espacio es una forma real objetiva de existencia de la materia en movimiento. El concepto de espacio expresa la coexistencia de las cosas y la distancia entre ellas, sin extensión, y el orden en que están situadas unas respecto de otras.

El tiempo es una forma real objetiva de existencia de la materia en movimiento. Caracteriza la sucesión del desenvolvimiento de los procesos materiales, la distancia entre las distintas fases de estos procesos, su duración y su desarrollo.

Toda la experiencia de la vida humana y el progreso de la ciencia refutan las nociones idealistas del espacio y del tiempo. ¿Puede acaso aceptarse que el espacio y el tiempo son productos de la conciencia, del espíritu, de la idea, o que existen sólo en la conciencia, cuando, como prueban las ciencias naturales, la tierra existía en el espacio y se desarrollaba en el tiempo muchos millones de años antes de que existiera el hombre con su conciencia, su espíritu y sus ideas?. El cambio de nuestras nociones del espacio y del tiempo no puede confundirse, como subrayaba Lenin, “con la inmutabilidad del hecho de que el hombre y la naturaleza sólo existe en el tiempo y en el espacio; los seres fuera del tiempo y del espacio, creados por los curas y admitidos por la imaginación de las masas ignorantes y oprimidas de la humanidad, son producto de una fantasía enfermiza. Son tretas del idealismo filosófico, y fruto inservible de un régimen social malo”.

El materialismo dialéctico se distingue sustancialmente del materialismo metafísico por el postulado que proclama el nexo indiscutible del tiempo y del espacio con la materia.

El materialismo metafísico, aún admitiendo la realidad objetiva del espacio y del tiempo, los considera, no obstante como esencias autónomas, como recipientes vacíos independientes de la materia, destinados a guardar cuerpos y procesos materiales.

Un punto de vista semejante sustentaba Isaac Newton, fundador de la mecánica clásica. Para él, el espacio y el tiempo eran objetivos. Pero existían independientemente de la materia en movimiento, eran inmutables por completo, y no estaban vinculados entre sí. Los denominó “absolutos”.

Las ideas de Newton sobre el “espacio absoluto” predominaron hasta los comienzos del siglo XX, cuando al crearse la teoría de la relatividad se vio claro que era un error desvincular entre sí el espacio o el tiempo y separarlos de la materia en movimiento.

Sin tomar en consideración el nexo del espacio y del tiempo entre sí, y con la materia en movimiento, es imposible comprender los procesos físicos que se producen con velocidades próximas a la luz, ni los relacionados con grandes valores de la energía.

En la antigüedad cristalizó ya la idea, y alcanzó gran difusión bajo el influjo de la religión, la idea de que además del mundo material conocido por todos, existe otro mundo inmaterial en el que se alojan “los espíritus”, “la razón suprema”, y “la voluntad suprema”.

Engels demostró que no es el mundo el que refleja las propiedades del pensamiento, sino al revés, es el pensamiento el que refleja las propiedades del mundo. La unidad del mundo -materia e idea- consiste en su materialidad, que no tiene su prueba precisamente en unas cuantas frases de prestidigitador, sino en el largo y penoso desarrollo de la filosofía y las Ciencias Naturales.

El sistema heliocéntrico creado por Copérnico fue uno de los jalones más importantes en la cognición de la unidad material del mundo. Hasta Copérnico predominó la idea de que el centro del Universo era la Tierra, alrededor de la cual se encontraba “La Esfera Celeste” con sus cuerpos celestes “ideales”, el Sol, los Planetas, la Luna y las Estrellas. Copérnico refutó estas ideas al crear la doctrina heliocéntrica. Demostró que la Tierra no es ni mucho menos el Centro del Universo, sino sólo uno de sus planetas. Con ésto quedó claro que la “idea” de mundo “terrenal” y “mundo celestial”, carecía de toda base.

En otros tiempos se desconocía el origen del hombre, y eso dio motivo a que se formulara la idea de que ciertas fuerzas inmateriales habían creado al hombre por medio de un “milagro”. Sin embargo llegó un momento en que se dio a este problema una solución científica, que excluía la concepción religiosa sobre las fuerzas inmateriales y el misterioso mundo sobrenatural. Esa solución fue iniciada por la doctrina evolucionista de Charles Darwin. Por su parte, el marxismo hizo una aportación decisiva de esclarecimiento de este problema, demostrando el papel que había desempeñado el trabajo para destacar al hombre del mundo animal. El Materialismo Histórico ha probado la falsedad de que el progreso social y la historia avanza por “voluntad divina”, poniendo al desnudo las leyes objetivas y las causas materiales del desarrollo de la sociedad.

En el mundo jamás ha existido, existe, ni existirá en parte alguna, nada que no sea materia en movimiento o que no haya sido engendrado por la materia en movimiento. En eso consiste precisamente la unidad del mundo. El mundo es material, es único, eterno e infinito, y el propio hombre es su producto superior en la Tierra, una parte del gran todo denominado Naturaleza.

La idea del “alma” como principio inmaterial vivificador y cognoscente surgió ya en la antigüedad, al no saber explicar las causas naturales de los sueños, los desvanecimientos, la muerte y los distintos procesos cognoscitivos, emocionales y volitivos. Los antiguos llegaban a concepciones falsas de estos procesos. Por ejemplo, los sueños eran interpretados con impresiones del “alma” que durante el sueño abandona el cuerpo y vaga por lugares diversos. La muerte era presentada como una variedad del sueño en la que el alma, por causas desconocidas, no regresa al cuerpo.

El materialismo dialéctico arranca de que la conciencia es una propiedad no de cualquier materia, sino de la materia altamente organizada y está vinculada a la actividad del cerebro humano. Como subrayaron los fundadores del marxismo, la conciencia jamás puede ser otra cosa que la existencia hecha conciencia, y la existencia (el ser) de los hombres es el proceso real de su vida.

Algunos filósofos idealistas tratan incluso en nuestros días, de impugnar la tesis de que la conciencia es una función del cerebro. Este punto de vista era sustentado entre otros por Avenarius, uno de los fundadores del empiriocriticismo. Lenin dijo al criticar dicha posición: “como no conocemos aún todas las condiciones de la relación que observamos a cada momento entre la sensación y la materia organizada de determinada forma, no admitiremos por tanto como existente más que la sensación: a eso se reduce el sofisma de Avenarius”. (Materialismo y empiriocriticismo) .

El modo en que existe la conciencia -decía Marx-  y en que algo existe para ella, es el conocimiento… Algo surge para la conciencia, en tanto en cuanto ésta, conoce ese algo. (“Manuscritos económicos y filosóficos”). Por consiguiente, la conciencia es imposible sin la actitud cognoscitiva del hombre ante el mundo objetivo.. Una de las doctrinas burguesas sobre lo inconsciente más difundidas en nuestros días es la del psiquiatra austriaco Sigmun Freud. Éste estudió en todos sus aspectos la esfera de lo inconsciente, determinó su lugar y su papel en las perturbaciones psíquicas y concibió los métodos de influencia en ella para suprimirlas. Pero Freud afirmó erróneamente que la conciencia está determinada por lo inconsciente, que era para él, un conjunto de aspiraciones instintivas cargado de alta energía. Según Freud la estructura del individuo, su conducta y su carácter, así como toda la cultura humana, son determinadas en última instancia, por las emociones innatas de los hombres, por sus instintos e inclinaciones, cuyo núcleo es el instinto sexual.

El marxismo rechaza estas ideas irracionales. Las sensaciones del hombre reflejan el mundo real con una fidelidad relativa. Al ser el medio del nexo directo de la conciencia con el mundo, las sensaciones son, a fin de cuentas, la fuente de todos nuestros conocimientos acerca de los objetos y fenómenos. Lenin definió las sensaciones, como transformación de la energía de la excitación exterior en el hecho de la conciencia. La pérdida de la capacidad de sentir conduce inevitablemente a la pérdida de la conciencia. Mientras que las sensaciones reflejan solamente algunas propiedades de las cosas, la cosa en su conjunto, en la unidad de sus diversas propiedades reproducidas sensorialmente, se refleja en su percepción. En el hombre, la percepción comprende de ordinario el discernimiento de los objetos de sus propiedades y relaciones. Por eso, el carácter de la percepción depende del nivel de conocimientos que posee el hombre de sus intereses.

Si el hombre es un ser social por naturaleza, quiere decirse que sólo en la sociedad puede desarrollar su verdadera naturaleza, debido a lo cual debemos medir el poder de su naturaleza, no por los individuos concretos, sino por la fuerza de toda la sociedad: ( “La sagrada familia”).

El hombre se convierte en un ser consciente, se eleva al nivel de lo personal y a las cimas del pensamiento de su época, sólo en el curso del desarrollo social.

El principio de partida de la interpretación marxista-leninista de la conciencia es el reconocimiento del nexo indisoluble que existe entre la conciencia y la actividad, la práctica.

La conciencia y el mundo objetivo son dos contrarios que forman la unidad. La base de esta unidad es la práctica, la intensa actividad sensorial concreta de los hombres, que se manifiesta en el trabajo, en la lucha de clases, en el experimento científico, etc.

La conciencia se caracteriza por la actitud activa creadora respecto al mundo exterior, respecto a sí misma y a la acción human. La realidad es creada en la conciencia humana, no en un aspecto inerte, como reflejada en un espejo, sino transformada de modo creador. La conciencia tiene la facultad de crear imágenes que se anticipan a la realidad. Lenin tenía en cuenta precisamente este papel activo, creador y transformador de la consciencia científica avanzada cuando dirige la acción de masas de millones y millones de personas. “La conciencia del hombre -decía- no sólo refleja el mundo objetivo, sino que lo crea…El mundo no satisface al hombre, y éste decide cambiarlo por medio de su actividad”. ¿Qué es la vida? Una forma especial y compleja del movimiento de la materia. Sus rasgos más importantes son la excitabilidad, el crecimiento y la reproducción basadas en el metabolismo.

El origen de la conciencia y del lenguaje está vinculado a la transición de nuestros antepasados antropoides de la apropiación -con ayuda de los órganos naturales-, de objetos ya preparados al trabajo, a la fabricación de instrumentos artificiales, a las formas humanas de actividad vital y a las relaciones sociales, surgidas sobre la base de esta actividad. El paso a la conciencia y al lenguaje representa un grandioso salto cualitativo en el desarrollo de la psique. El trabajo como actividad orientada a un fin concreto es la condición fundamental de toda la vida humana y de la formación de la conciencia. El trabajo, dice Engels “es la condición básica y fundamental de toda la vida humana, y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre”.

El surgimiento de la conciencia está unido directamente al nacimiento de la palabra articulada, del lenguaje, que expresa en una forma natural las representaciones, los pensamientos de los hombres. Igual que la conciencia, el lenguaje sólo pudo formarse en el proceso del trabajo, que requería acciones conjuntas y coordinadas de los hombres, y no podía efectuarse sin el estrecho contacto, sin la comunicación entre ellos.

No es en el cerebro como tal donde radican las causas de que surjan en el hombre las sensaciones, los pensamientos y los sentimientos. Por sí sólo el cerebro, tal y como sale de “manos de la naturaleza”, no puede pensar como lo hacen los seres humanos. Le enseña a hacerlo la sociedad. Importa a este respecto, tener presente que la capacidad de pensar que posee el hombre no radica solamente en la estructura  de su cerebro. Se forma a través de la cultura acumulada a lo largo de la historia, a través de la educación y la instrucción, y a través de una actividad determinada con ayuda de los medios y métodos creados por la sociedad.

Numerosos filósofos de la Grecia antigua consideraban que todo el mundo y cada objeto eran resultado de un proceso de formación. Cierto que sus opiniones, pese a toda su perspicacia, eran ingenuas. Pero el propio hecho de que se `plantease el problema del desarrollo como ley universal de todo lo existente dejó ya una profunda huella en la historia de la cognición del mundo.

La dialéctica materialista surgió como resultado de la sintetización, de las conquistas de la ciencia y también de la experiencia histórica de la humanidad, la cual demostró que la vida social y la conciencia humana, lo mismo que la naturaleza, se encuentran en estado de cambio y desarrollo constantes. En el mundo, todos los sistemas se forman únicamente como resultado de la acción recíproca de los elementos que los integran. De la misma manera, todas las propiedades de los cuerpos surgen de la base de la interacción y del movimiento, y se manifiestan a través de ellos. La interacción es universal: comprende los múltiples cambios de las propiedades y los estados de los objetos, todos los tipos de nexos existentes entre ellos.

La dialéctica materialista no se dedica a inventar, a crear artificialmente nexos y leyes, sino que señala a la ciencia la tarea de descubrirlos en el propio mundo objetivo. Las leyes de la dialéctica rigen en todas partes, y abarcan todos los aspectos de la realidad. Son leyes de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento.

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Ley de la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos y viceversa

En la doctrina dialéctica del desarrollo, el centro de gravedad no consiste simplemente en afirmar que todo se desarrolla, sino en comprender científicamente el mecanismo de este desarrollo. Porque hoy, en una época de asombrosos éxitos de la ciencia y de grandiosas transformaciones sociales, nadie se atreve ya a negar el desarrollo. Todos están de “acuerdo” en este desarrollo. Pero como señalaba Lenin, este “acuerdo” es, a veces, de tal naturaleza, que por medio de él, se falsea la verdad. Lenin dice: “las dos concepciones fundamentales… del desarrollo (de la evolución) son: el desarrollo en el sentido de disminución y aumento como repetición, y el desarrollo como unidad de los contrarios (el desdoblamiento de la unidad en dos polos que se excluyen mutuamente y la relación entre ambos)”.

La primera concepción carece de vida, es pobre, seca. La segunda tiene vitalidad. Únicamente la segunda da la clave de los saltos de la “solución de continuidad”, de la “transformación en su contrario”, de la destrucción de lo viejo y del surgimiento de lo nuevo. (Lenin, “En torno a la cuestión de la dialéctica”).

Estamos rodeados de cosas y objetos entre los que ya sabemos que existen determinados nexos y relaciones. El metal, pongamos por caso, tiene propiedades como, densidad, compresibilidad, temperatura de fusión, conductividad térmica y eléctrica, etc. Podría deducirse de ésto, que una cosa no es más que un conjunto de tales o cuales propiedades, y que por lo tanto, conocerla significa establecer de qué propiedades consta.

Por importantes que sean las propiedades de una cosa para poder definirla, dicha cosa no se reduce a ellas. Algunas propiedades pueden cambiar, y hasta desaparecer sin que la cosa deje de ser lo que es. El capitalismo en el proceso de su desarrollo, cambia una serie de  propiedades que le son inherentes, el capitalismo premonopolista se convierte en monopolista, pero no por ello deja de ser capitalismo. La cualidad de las cosas nos lleva ineludiblemente a la cantidad. La última permite conocer más a fondo la esencia de las cosas. Por ejemplo, la ciencia no pudo comprender durante largo tiempo la causa de la diferencia cualitativa de los colores: rojo, verde, violeta, etc., consiguió explicarlo únicamente cuando se comprobó que la diferencia de los colores está determinada por la longitud, cuantitativamente distinta de las ondas electromagnéticas.

Los cambios cuantitativos tienen relaciones externas con las cosas, sólo en límites determinados para cada una de ellas. A veces incluso el más mínimo rebasamiento de estos límites o fronteras implica un cambio cualitativo radical de la cosa.

La dependencia de la cualidad respecto de la cantidad puede verse en el ejemplo de la diversidad cualitativa de los átomos. Cada especie nuclear está determinada por la cantidad de protones que contienen sus núcleos. Si se agrega o quita un protón, el átomo será cualitativamente otro. Los cambios cuantitativos se efectúan continua y gradualmente. Los cambios cualitativos tienen lugar en forma de soluciones de continuidad.

“La vida y el desarrollo de la naturaleza -decía Lenin- comprenden tanto la lenta evolución, como los saltos bruscos, las soluciones de continuidad”. Si se niega el desarrollo como unidad de una y otra forma, habrá que admitir entonces una de dos nociones posibles, pero igualmente erróneas del mundo: o considerar que toda su riqueza, las diversas manifestaciones de la naturaleza inorgánica y orgánica, el reino polifacético de las plantas, de los animales y de los hombres, han existido siempre y se han modificado sólo cuantitatívamente, o suponer que todo eso ha surgido por milagro, de golpe, súbitamente. En la historia de la ciencia y de la filosofía se han expuesto estas nociones, pero ambas han sido refutadas por todo el curso de la cognición y de la práctica histórica.

Ambas concepciones han alcanzado gran difusión en las teorías sociales. Todo reformismo en el movimiento obrero se basa en la hiperbolización unilateral de la continuidad del desarrollo cuantitativo gradual, de lo cual se deduce que el capitalismo “se integra” en el socialismo sin necesidad de revoluciones sociales, mediante la acumulación paulatina de elementos socialistas que surgen en la sociedad burguesa. En contraposición a los reformistas, los anarquistas y los revolucionarios pequeño-burgueses niegan toda importancia de la forma cuantitativa, continúa, del desarrollo y reconocen únicamente los cataclismos sociales, las revueltas. Al suponer que sólo por ese camino se pueden cambiar las condiciones sociales, caen en el aventurerismo político y no toman en consideración las condiciones objetivas necesarias para los saltos revolucionarios.

El salto es una forma de desarrollo bastante más rápida que la del desarrollo continuo. Es el periodo de desenvolvimiento más intenso, cuando lo viejo y caduco se transforman desbrozando el terreno a peldaños nuevos, más elevados del desarrollo. Por ejemplo, las revoluciones sociales dan un impulso gigantesco al desarrollo de la vida material y espiritual de la sociedad. La misma importancia tienen en la ciencia, que significan nuevos y grandes descubrimientos.

Al efectuarse como unidad de la continuidad y de los saltos -por lo que una medida cede su lugar a otra o se transforma en otra- el desarrollo puede tener la forma de “línea clave de medidas” (Hegel).

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La ley de la unidad y la lucha de los contrarios

La contradicción entre la cualidad y la cantidad es sólo una de las manifestaciones de una ley general. Según esta ley a todas las cosas y procesos les son inherentes contradicciones internas, lo cual constituye precisamente la fuente y la fuerza motriz de su desarrollo. Lenin calificó la doctrina de las contradicciones de “núcleo” de la dialéctica.

Aristóteles caracterizó las opiniones de los pensadores de la antigüedad sobre esta cuestión con las siguientes palabras: “Todos reconocen que las cosas están compuestas de contrarios; por lo menos, todos declaran que el principio son los contrarios”. Pero fue Heráclito, dialéctico de la Grecia antigua, quién analizó con mayor profundidad para aquellos tiempos el problema de las contradicciones. Puesto que todo pasa y cambia, opinaba, la naturaleza de las cosas reside en su carácter contradictorio, y todo ocurre sólo en virtud de la lucha de los contrarios. A Hegel le corresponde un mérito inmenso en la elaboración de la doctrina dialéctica de las contradicciones, pero sus puntos de vista sobre el problema están impregnados de idealismo. Los enemigos de la dialéctica combaten precisamente el reconocimiento de las contradicciones objetivas.

Un ser vivo es la unidad de la identidad y la diferencia, tanto porque es semejante a otros seres vivos, como porque al realizar el proceso de su vida, se niega a sí mismo, es decir, hablando simplemente, marcha al encuentro de su fin, de su muerte; y esto significa que todo objeto y todo fenómeno es una unidad de contrarios. La contradicción interna es una propiedad inalienable de todo objeto y todo proceso. La lucha de los contrarios que se excluyen mutuamente es absoluta, como es absoluto el desarrollo y el movimiento. Esto significa que la consecuencia lógica de la lucha de los contrarios es la desaparición del objeto existente como determinada unidad de los contrarios, y el surgimiento de un nuevo objeto con una unidad de contrarios nueva.

Las contradicciones no son algo inmóvil, inmutable. Una vez surgidas, las contradicciones concretas se desarrollan, pasan por fases y grados determinados. Ningún fenómeno desaparece y cede su lugar a otros antes de que se revelen sus contradicciones y se desplieguen en plena medida, pues sólo en el proceso de ese desarrollo se crean las premisas para el salto a un nuevo estado cualitativo.

Al comenzar su desarrollo, la contradicción tiene un carácter de diferencia, es decir, de contradicción no desplegada todavía. Después, la diferencia se profundiza y se transforma en contrario, el cual debe ser comprendido como una contradicción ya revelada, cuyos aspectos opuestos pueden coexistir cada vez menos en el marco de la unidad anterior. En esta etapa de desarrollo, la contradicción se convierte, empleando la expresión de Marx en “contradicción absoluta”, eso es, una correlación de los contrarios que es “una forma enérgica e intensa, que impulsa a resolver esta contradicción”. Marx ofrece en “El Capital” un ejemplo clásico de este desarrollo y acrecentamiento de la contradicción aplicado a la sociedad. Muestra que los capitalistas tratando de conseguir la ganancia máxima, se ven obligados a desarrollar cada día más la propiedad que tiene, en esencia, un carácter social. Y cuanto más social es la producción, tanto más entra en contradicción con la propiedad privada de los capitalistas, y tanto más imperiosa es la necesidad de sustituir esta última por la propiedad social socialista.

La culminación regular del proceso de desarrollo y lucha de los contrarios es la segunda etapa: la etapa de la solución de la contradicción. Mientras que todo el proceso precedente transcurre en el marco de la unidad, de la interrelación de los contrarios, la etapa de la solución de la contradicción significa la supresión de dicha unidad, su desaparición, lo que coincide con el cambio cualitativo radical del objeto.

El demócrata revolucionario ruso A. Herzen denominó a la dialéctica “álgebra de la revolución”.

Lenin dedicó gran atención al problema de antagonismo y contradicción. En sus observaciones al libro de N. Bujarin “La economía en el periodo de transición” en el que el concepto de contradicción figuraba de una manera indiferenciada y se identificaba con el concepto de antagonismo. Señaló que el antagonismo y la contradicción son cosas indiferentes, que en el socialismo el primero desaparecerá, pero la segunda seguirá existiendo.

El carácter antagónico de las contradicciones determina así mismo las formas en que transcurre y se desarrollan, y el modo de resolverlas. Se trata del enconamiento y la profundización de la contradicción, que culmina lógicamente en un brusco conflicto entre los aspectos contrarios en la transformación de éstos en extremos polares. De ahí también los métodos de solución de las contradicciones de ese tipo: la consecuente lucha de clases y las revoluciones sociales, que ponen fin a la dominación de las clases caducas. La contradicción no antagónica es la que existe entre clases  y fuerzas sociales cuyas condiciones de vida determinan la comunidad de sus objetivos e intereses.

Tales son las contradicciones entre las clases trabajadoras: la clase obrera y el campesinado, y entre algunos elementos de la sociedad socialista.

Otra peculiaridad esencial del desarrollo y de la superación de las contradicciones no antagónicas en el socialismo consiste en que el movimiento de la sociedad no está determinado ya por una espontaneidad, sino por la actividad consciente del pueblo, del Partido Comunista y del Estado Socialista, actividad que expresa las necesidades objetivas del progreso social.

El mundo socialista de hoy en día, con sus éxitos y perspectivas, con todos sus problemas, es un organismo social todavía joven, en proceso de crecimiento en el cual no todo se ha asentado y mucho lleva aún de impronta de épocas históricas pasadas. El mundo del socialismo está todo en movimiento y se perfecciona continuamente. Su desarrollo, claro está, se produce mediante la lucha de lo nuevo contra la viejo, mediante la superación de las contradicciones internas.

Cada etapa del desarrollo de la sociedad tiene como principal una contradicción, que determina la esencia de dicha etapa. Por ejemplo, en la revolución democrática burguesa de febrero de 1917 en Rusia, esa contradicción principal era la que ya existía entre el régimen terrateniente, entre la autocracia zarista y todas las fuerzas, especialmente, las masas trabajadoras que luchaban contra ellos. La contradicción cambia de una etapa a otra, y lo que en unas condiciones puede ser contradicción no principal, en condiciones nuevas pasa a ser principal. La contradicción entre el proletariado y la burguesía existía ya en el periodo de la revolución de febrero en Rusia, pero entonces no era la principal. Pasó a serlo después de dicha revolución.

Todo objeto, al ser un sistema relativamente independiente, tiene sus contradicciones internas, que son la fuente principal de su desarrollo. Las diferencias entre varios de estos objetos se manifiestan como contradicciones externas. Están estrechamente ligadas a las contradicciones internas y se hallan en interacción con ellas. Si se considera un objeto como elemento de un sistema más amplio del que forman parte también otros objetos, las contradicciones entre esos objetos serán ya internas, es decir,  serán contradicciones del sistema dado, más amplio. Por ejemplo, las relaciones actuales entre el sistema socialista y el sistema capitalista en el plano del desarrollo de cada uno de ellos son contradicciones externas.

Como resumen de cuanto queda dicho, podemos definir ahora la esencia de la ley de la unidad y la lucha de los contrarios. Es una ley en virtud de la cual a todos los objetos, fenómenos y procesos les son inherentes contradicciones internas, aspectos y tendencias contrarios, que se encuentran en estado de concatenación y negación mutua. La lucha de los contrarios da un impulso interno al desarrollo y conduce al crecimiento de las contradicciones, que se resuelven en una etapa determinada mediante la desaparición de lo viejo y el surgimiento de lo nuevo.

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La ley de la negación de la negación

En la filosofía premarxista existieron teorías circulares llamadas cíclicas, que reconocían el desarrollo ascensional en la sociedad, pero suponían que al alcanzar el punto máximo, la sociedad retrocedía al punto de partida y el desarrollo comenzaba de nuevo. Una de esas teorías fue la del filósofo italiano Juan Bautista Vico. Los ideólogos de la burguesía progresista defendían el punto de vista del desarrollo incesante de la sociedad, aunque consideraban que el régimen burgués era la cima del progreso social.

Al analizar la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos y la lucha de los contrarios hemos visto ya que la negación desempeña un papel sustancial en el proceso de desarrollo. La transformación cualitativa es posible únicamente como negación del viejo estado. El carácter  contradictorio de la cosa significa que ésta lleva en sí, su propia negación.

“En ningún campo -decía Marx- puede producirse un desarrollo que no niegue sus formas anteriores de existencia”.  Ahora bien, ¿Qué es la negación? En la acepción habitual del término, el concepto de negación se asocia a la palabra “no”, rechazar algo, etc. Es indudable que sin rechazar algo no puede haber ninguna negación. Pero la dialéctica considera la negación como un aspecto del desarrollo. “Negar en dialéctica -señalaba Engels- no consiste llanamente en decir “no”, en declarar que una cosa no existe, o en destruirla caprichosamente”.

El sentido del desarrollo dialéctico radica en un modo de negación que condiciona el desarrollo ulterior.

¿Qué ocurre después cuando mediante la negación surge una forma inicial nueva, contraria?. La respuesta a esta pregunta nos la dará, mejor que nada, el ejemplo del desarrollo de cualquier objeto desde el comienzo hasta el fin. Utilicemos para ello la investigación que contiene “El Capital” de Carlos Marx. El punto de arranque de todo el desarrollo de la producción social fue una forma en la que existía la unidad del trabajador y de sus instrumentos de trabajo, es decir, los instrumentos de trabajo pertenecían al propio productor.

Marx denomina a esa forma de, “producción infantil”, (en el sentido de infancia del género humano), pues era propia de la comunidad primitiva y de la pequeña agricultura familiar. Pero el incremento de la productividad del trabajo alcanzó con el tiempo tal nivel, que la forma primitiva inicial de unión del productor y de los instrumentos de trabajo alcanzó con el tiempo tal nivel, que la forma primitiva inicial de unión del productor y de los instrumentos de trabajo devino un freno del desarrollo ulterior de la producción. Apareció la propiedad privada de los medios de producción y estos últimos se separaron del que trabajaba. Fue esta la primera negación dialéctica de la forma de partida. Más al alcanzar su completo desarrollo en la sociedad capitalista, esta forma de divorcio entre el trabajo y los instrumentos de trabajo, que fue en otros tiempos la negación de su unidad, y prepara a ella misma  de manera regular su propia negación. Esto constituye ya la segunda negación, la negación de la primera negación por lo cual es definido como negación de la negación.

La solución de la contradicción se logra mediante el establecimiento de la propiedad socialista. Con ello se realiza la unidad del trabajador y de los instrumentos de trabajo, pero a un nivel de desarrollo de la producción mucho más elevada que antes. Por eso Hegel estaba en lo cierto cuando definía la segunda negación, es decir, la negación de la negación, como la síntesis que supera los primeros “momentos abstractos no verdaderos”, o sea, abstractos y no “verdaderos” en el sentido de ser unilaterales e incompletos. Este carácter dialéctico del desarrollo se manifiesta también con claridad en el progreso del conocimiento. Por ejemplo, al estudiar la naturaleza de la luz, se adelantó primeramente la idea de que ésta era un flujo de corpúsculos luminosos, de partículas. Más tarde apareció la teoría ondulatoria opuesta a la primera. La física del siglo XX chocó con el hecho de que ninguna de estas opiniones explicaba por sí solo la realidad, más ninguno de ellos por separado puede explicar todos los fenómenos luminosos, ¡pero juntos los explican!.

Dicho de otro modo, la contradicción de dos opiniones unilaterales opuestas, se resolvió mediante su síntesis superior en una nueva teoría, que considera la luz como unidad de propiedades corpusculares y ondulatorias.

La ley de la negación de la negación hace con su acción, que el desarrollo no tenga la forma de una línea, sino de un círculo, en el cual el punto final coincide con el inicial. Pero como esta coincidencia se produce sobre una base más elevada, el desarrollo tiene forma de espiral, cada uno de cuyos círculos y espiras significa un estado más desarrollado.

El proceso de negación es presentado a menudo en los siguientes términos: “tesis” (punto de partida del desarrollo), “antítesis” (primera negación) y “síntesis” (segunda negación), viendo en esta triade la esencia del desarrollo.

La ley de la negación de la negación, como toda ley de la dialéctica, no impone ningún esquema, lo único que hace es orientar en el estudio acertado de la realidad.

El carácter ascensional del desarrollo no debe entenderse de una manera metafísica, como un proceso rítmico, sin desviaciones ni zigzag. Importa tener esto en cuenta, sobre todo cuando se trata del desarrollo social, en el que actúan distintas clases y partidos que tienen sus propios intereses y luchan por sus objetivos.

La ley de la negación de la negación es una ley cuya acción está condicionada por el nexo y la continuidad entre lo negado y lo que niega; a consecuencia de ello, la negación dialéctica no es una negación huera “inane”, que rechaza todo el desarrollo precedente, sino una condición del desarrollo que afirma y conserva en sí todo el contenido positivo de las fases anteriores, repite a un nivel superior algunos rasgos de los grados iniciales y tiene en su conjunto un carácter de avance ascensional.

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[En la segunda parte, que publicaremos próximanente, se estudian las categorías de la dialéctica y la ley del conocimiento marxista-leninista].